Alicia Alonso

La bailarina que desafió al destino
Alicia Alonso

Su madre le ponía música en un gramófono y podía marcharse. Sabía que Alicia estaría bailando hasta que dejara de sonar, que no haría ninguna trastada típica de la infancia. Lo que nunca imaginó Ernestina es que se su hija se dedicaría profesionalmente a la danza.

La propia Alicia Alonso explicaba en una entrevista dada casi al final de su vida: ocultó a sus padres que era bailarina profesional. Su padre se enteró porque la vio en la revista Life. Aunque no podían negar que el baile era el centro de la vida de su hija, enseñar las piernas en aquellos tiempos (hablamos de hace casi un siglo) no estaba bien visto precisamente. Dio igual, porque el rechazo de su familia a la vida que había elegido no fue siquiera el peor de los obstáculos.

No tenía 20 años cuando se convirtió en la bailarina solista del American Ballet, la primera compañía de danza profesional de los Estados Unidos. Y la vida le dio el primer mazazo enseguida: a los 21, en medio de una actuación, notó que no veía bien. Había sufrido un desprendimiento de retina. Se estaba quedando ciega.

Sufrió dos operaciones y regresó a su Habana natal para recuperarse. Allí tuvo una tercera intervención, esta vez en el ojo izquierdo. Su convalecencia se alargó durante un año y medio. Tenía que estar postrada en una cama, sin poder moverse, con la cabeza inmovilizada por sendas almohadas de arena a lado y lado.

Para cualquier persona que se dedique no ya a la danza, sino a cualquier actividad de élite que implicara actividad física, esto habría sido el fin. Perdió pelo, perdió masa muscular, apenas podía mantenerse en pie. Para colmo, estaba casi ciega. Sin embargo, Alicia luchó contra el obstinado destino que dictaba su biografía y logró reescribirlo.

Durante su convalecencia no dejó de bailar. No físicamente, porque no podía, pero sí en su imaginación. Ensayaba de memoria. Reproducía los pasos con sus dedos. Los médicos le recomendaron que no bailara porque pondría en peligro su ya mermada visión. Pero para ella no había un plan b: «Bailaré aunque me quede ciega», insistía.

Y así fue. La recuperación fue dura, pero finalmente pudo volver a los escenarios. De regreso a Nueva York ideó una forma de trabajar que se adaptara a sus nuevas circunstancias. Les decía a sus compañeros en qué lugar exacto debían ubicarse para que las coreografías salieran perfectas. Se sirvió de una iluminación muy potente y de colores que la ayudaba a desplazarse.

Alicia no tenía los 23 años cuando su carrera despegó de nuevo. ¿Qué expectativas de futuro puede tener una bailarina que ha perdido su visión periférica, que de hecho apenas ve? Al poco de su regreso tuvo que sustituir a la bailarina principal de Giselle, que había caído enferma. A su ceguera se sumaba el hecho de que apenas pudo ensayar junto a su compañero. Así las cosas, la realidad superó con mucho a las expectativas: su actuación arrancó tal cantidad de aplausos que aquel día dejó de existir la bailarina Alicia Alonso y nacía la leyenda.

Años después fundó su propia compañía, que tuvo que cerrar por problemas económicos. Hasta que el gobierno cubano, en 1959, la llamó para formar el Ballet Nacional de Cuba, al que se consagró hasta el final de sus días. Alicia Alonso convirtió su «isla chiquita», como le gustaba decir, en una gran potencia de profesionales de la danza.

Decíamos antes que qué expectativas de futuro puede tener una bailarina que ha perdido casi toda su visión con 20 años. Alicia bailó hasta noviembre de 1995. Estaba a punto de cumplir 75 años. Continuó vinculada al Ballet Nacional de Cuba hasta el final de sus vida, una vida llena no solo de éxitos profesionales, sino también de reconocimientos y condecoraciones dentro y fuera de su país. Pocas personas han llegado a lo más alto del ballet clásico; quizá ninguna lo hizo doblegando al destino… excepto ella.