Ana Orantes

Una heroína a su pesar
Ana Orantes

Puede que no vieras su testimonio en Canal Sur cuando 1997 estaba a punto de finalizar, pero seguro que has oído hablar de Ana Orantes. Aquella mujer que narró en Canal Sur las palizas a las que la sometía su ya exmarido; que explicó con todo lujo de detalles cómo la torturaba un día tras otro física y psicológicamente; que lo hizo, además, con una entereza que helaba la sangre, se dejó la vida y a cambio logró que la sociedad entera mirara la violencia machista con otros ojos.

Ana, aquella granadina menuda y de mirada viva, no solo se convirtió en una heroína a su pesar, sino que pagó con la propia vida su acto generoso y valiente. Trece días después de su testimonio, aquel monstruo que la machacó durante cuarenta años, la quemó viva. «Durante cuarenta años solo recibí palizas», contó Ana Orantes, que explicaba que aquel hombre la amenazó para casarse con ella y desde entonces solo recibió violencia en lugar de amor conyugal.

Patadas, bofetones, bofetones, puñetazos, intentos de asfixiarla…, estos y otros eran los gestos con los que un indeseable tuvo la vida de esta mujer en sus manos hasta el final. La acusaba de infidelidad, le pegaba por motivos tan absurdos como que un objeto estuviera colocado de tal o cual forma, le destrozaba la autoestima, la llamaba analfabeta o inútil. No solo ella: todos sus hijos (ocho de los once que sobrevivieron al nacimiento) fueron víctimas de maltrato y violencia, y testigos del dolor causado a su madre.

Puede que no vieras aquel testimonio ante los ojos incrédulos de Irma Soriano; puede incluso que te sorprenda saber que un ministro del momento, Francisco Álvarez Cascos, tildara aquel asesinato de «caso aislado obra de un excéntrico». Lo cierto es que Ana Orantes marcó un antes y un después en la historia de los derechos de las mujeres en España cuando los periódicos romantizaban los asesinatos machistas tildándolos de crímenes pasionales, cuando las palizas a las mujeres eran «cosas de pareja», cuando los jueces —también en este caso— sugerían que la víctima siguiera viviendo bajo el mismo techo que su victimario o les decían que no era para tanto, que era un buen hombre, que incluso pedía perdón.

Que incluso pedía perdón.

Cualquier vida es un precio demasiado alto para lograr un fin, por más loable que este sea. Pero hoy nadie nombra a aquella bestia que fue su asesino y Ana, a la que quiso borrar del planeta, hoy tiene calles y rotondas en distintos lugares de España y hizo que se modificara, primero, el Código Penal, y que se impulsara, ya bajo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, la Ley Integral contra la Violencia de Género. Ojalá hubiéramos logrado este cambio sin pagar con su vida, con las vidas de tantas.

Por La Contraria Puri Ruiz