Campeonos

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La lluvia de Perseidas suele caer alrededor del 12 de agosto, pero el 20, solo ocho días después, se plantó la estrella que faltaba en las camisetas de nuestras campeonas. Y qué gozada, chicas, qué delirio.

Es una maravilla en muchísimos sentidos. Por ejemplo, en la capacidad que han tenido la Real Federación Española de Fútbol de creer en estas mujeres. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos cuando Rubiales, esa persona sencilla de Motril, entregó las medallas de la Supercopa de España a las ganadoras, el Barça femenino, muy poco antes. Ah, que no. Que me dicen que no fue así, que la tuvieron que recoger ellas, en fila, sin representación alguna, sin mandar ni al segundo de turno, como si de una final escolar se tratara.

Bueno, menos mal que, por el comunicado que emitió la RFEF después, al parecer es que nunca se entregan en este campeonato. ¿Cómo? ¿Que a los jugadores del Barça masculino sí les entregó Rubiales la misma medalla en la misma competición justo una semana antes? Desde luego, qué mala leche gastáis. Es que mira que os gusta una encerrona. Sería casualidad.

También tenemos que agradecer al señor normal de Motril su implicación en este Mundial, besando a la capitana en un cariñoso gesto que, por lo que fuera, no le gustó nada a ella, y cuya reacción de rechazo fue calificada de divertida por algún que otro medio. Ay, si es que no sabemos gestionar las muestras de cariño. “Más gilipolleces ni tontos del culo no”, respondió cuando le acusaron de sobrepasarse con la jugadora. Coincidí plenamente con su apreciación: por favor, stop tontos del culo. O de los cojones, que hay hasta quien se los agarra para celebrar el triunfo, cómo os quedáis. Pero eh, que es un gesto mecánico que no se puede controlar. Yo, cuando termino una entrevista y me queda niquelada, me agarro el coño a modo de triunfo, claro que sí. ¿No lo hacéis todas? No puede ser.

Menos mal que se disculpó y ya no podéis quejaros de nada. Resulta que fue un gesto “sin mala fe por ninguna de las dos partes”. Ni por la del besucón ni por la de la sorprendida receptora. ¿Veis? Jenni Hermoso no tenía nada de mala fe tampoco, qué pensabais.

En fin, no vamos a enfadarnos por nimiedades, que estamos todo el día dale que te pego con que si el patriarcado. ¡Somos campeones del Mundo! Así lo declaró Jorge Vilda, el entrenador, obviando un detalle sin importancia: que al campo habían saltado un cien por cien de mujeres. Ay, cómo me pongo yo también. Qué más dará campeones que campeonas. Si además, ya lo dice la RAE: ¿que hay un grupo de mil mujeres y un hombre? Pues el plural se marca en masculino, joder, que estamos a la que salta.

La selección femenina de fútbol bien puede presumir de estrella. Eché de menos, eso sí, más tirarse al suelo y rebozarse en busca de tarjetas, pero qué se le va a hacer. No se puede tener todo.

Por otra parte, tenemos que destacar que detrás hay un gran trabajo de promoción de este deporte en España, que no les vamos a atribuir toda la valía a ellas. Un trabajo de años y años. Concretamente, de tres. En 2019, un pelín hartas (por lo que fuera), las futbolistas españolas se pusieron en huelga para ver si, por un casual, sus respectivos equipos se metían la mano en el bolsillo y, con la calderilla de los fichajes masculinos, las hacían mileuristas. Ya ves tú, qué más querían: ocho mil eurazos brutos al año estaban ganando hasta entonces, ¡solo la mitad que Messi! Que Messi en una hora, quiero decir. ¡Serán tiquismiquis! ¡Si hay costureras bangladesís que no los ganan, por favor!

Dicen que los fracasos se olvidan y los éxitos se recuerdan: por eso, permanecerá en la retina de todos aquel 20 de agosto de 2023 en que veintitrés mujeres españolas, solo 13 años después que los chicos, conquistaron el mundo. Trece años no es nada si tenemos en cuenta cuándo se las empezó a tomar en serio. Nada si pensamos en lo que apenas unos días antes de ganarlo había miles y miles de futboleros diciendo que las chicas no saben jugar al fútbol, aunque todos se apuntaron a la celebración.

Se ha ganado un Mundial trece años después que el masculino; nada mal si imaginamos lo difícil que lo tienen ellas, aún hoy, en el fútbol base. Cuando sus compañeros, en los recreos, se niegan a compartir el balón. Si recordamos que solo un año antes de la hazaña quince futbolistas se retiraron de la selección porque acusaban al entrenador de machacarlas psicológicamente. De repente aquella polémica se ha evaporado. Es como el borrón y cuenta nueva de la Transición en versión balompédica: aquí no ha pasado nada y todos iguales, aunque unos más iguales que otras.

Trece años no es nada si pensamos en que han ganado a pesar de la invisibilización. A pesar del ninguneo que solo logró revertir, en parte, una eléctrica que apostó por ellas (no, desde luego, las instituciones). A pesar de que retransmitir el Mundial era casi un esfuerzo, y las cadenas ofrecían veinte veces menos que por el masculino, y rehuían el Mundial como si fuera la peste. Pero a pesar de todo, o quizá gracias a todo eso, a la resiliencia incombustible de estas jefazas, un calurosísimo día de agosto más de ocho millones de personas nos congregamos frente al televisor a celebrar que fueron campeonas. O campeonos, es verdad: que había un entrenador.

Por La Contraria Puri Ruiz