Celia Cruz

La mujer que dio a conocer al mundo los ritmos cubanos
Celia Cruz

¿Quién no ha movido las caderas al son de La negra tiene tumbao, Bemba Colorá, La vida es un carnaval o Que le den candela? Da igual cuántos años hayan pasado: el legado de Celia Cruz es imborrable y permanece en la memoria colectiva incluso de quienes no la conocieron. Ese «¡Aaaaaaazúcar!» vive ya, para siempre, en todos los corazones de quienes aman la salsa. No la de mojar pan, no: la que convirtió a Celia en la reina de este sonido.

Y es que, si hubo alguien que popularizó los ritmos cubanos en todo el planeta, esa fue ella. No solo la salsa que la hizo recibir el regio apelativo: del guaguancó, la guaracha, el bolero y tantos otros. Celia se arrancó a cantar con poco más de 10 años, allá por la década de los treinta, y desde entonces no paró. Abandonó la carrera de Magisterio, casi la única manera de salir de la pobreza que una mujer de su origen tenía entonces, e ingresó en el conservatorio de música con la esperanza de poder ganarse la vida en ese mundo. Seguramente nunca imaginó hasta qué punto lo iba a lograr.

Con la Sonora Matancera, la banda más popular de su país en aquellos tiempos y con la que debutó en 1950, abandonó Cuba una década después, cuando Fidel Castro llegó al poder y expulsó del mismo a Fulgencio Batista. Se instaló primero en México y después en Estados Unidos, donde vivió hasta sus últimos días. Durante más de 40 años llevó el sabor de Cuba a todos los rincones; siempre, con su inconfundible sonrisa y buen rollo.

La historia de Celia Cruz es, ante todo, una historia de superación: la de una mujer afrodescendiente y pobre, que lo tenía todo en contra y logró llegar a lo más alto. Por desgracia, a menudo el esfuerzo no lo es todo; de hecho, lo más habitual es que suceda lo contrario. Pero a veces el azar y el esfuerzo se alían para lograr estos milagros. Decir «Celia Cruz» es decir «historia de la salsa». Es remontarse a actuaciones míticas en el Carnegie Hall o el Yankee Stadium. Es contagiarse de su alegría, visualizar sus vestidos magníficos, sus pelucas imposibles y —sí, de nuevo— su sonrisa.

Ya como solista, Celia grabó cerca de 40 álbumes de estudio. Logró cinco Grammy Latinos, dos de ellos a título póstumo. También de manera póstuma se le concedió un Grammy a toda su carrera. Pero hay mucho más.

Participó en numerosas películas, algunas novelas y fue objeto de numerosos especiales. Tiene una calle en Florida y un Día de Celia Cruz en San Francisco. Se le dedicó una exposición en el Museo Nacional de Historia Americana en Washington D. C. Estados Unidos le dedicó un sello conmemorativo y Google le hizo un Doodle. La nombraron tres veces doctora honoris causa en Yale, Florida y Miami. Y sabemos que su luz brillará por siempre porque, orbitando entre Marte y Júpiter, uno de los asteroides que forman el cinturón, descubierto en 1989, lleva su nombre. Eterna y grande. Gracias por tanto, Celia Cruz.