Compartir el chocolate

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Hace unos meses tuve la oportunidad de hacer una entrevista a un profesional de cierto sector. Todo lo que me contaba me estaba resultando muy interesante; mentiría si dijera otra cosa. Hasta que, sin saber muy bien cómo ni por qué, porque no venía a cuento ni enganchaba con el tema, me dijo: «Pero ¿qué interés tenéis las mujeres en ocupar puestos de responsabilidad? ¡Con lo a gusto que se está sin cargar con ese muerto!». Me quedé tan boquiabierta que no supe qué decir. La entrevista estaba terminando y no fui capaz de mandarlo a la mierda, que era lo que me pedía el cuerpo. Pero callé, callé como callamos tantas veces, un poco por educación, otro poco por imbécil.

Confieso que mi mejor arma para la entrevista es mi voz. Tengo una voz que infunde serenidad, que invita a la paz. Y a menudo, el entrevistado se relaja de más, se suelta la melena y larga por esa boca lo políticamente incorrecto. No tengo el colmillo afilado de la periodista intuitiva, pero mi voz tranquiliza. Que para qué queremos puestos de responsabilidad, me dijo. Ya no era solo la reflexión en sí: era la condescendencia con la que se lo decía a una mujer, no fuera a ser que me apeteciera probar poder. La misma condescendencia con la que le dices a un niño: «Pero para qué quieres probar el chocolate, si no te va a gustar, toma un potito». Pero lo que piensas es que, si por casualidad le gusta, a partir de ahora vais a tener que compartirlo.

«Ah, las mujeres sois unos animalillos deliciosos», me espetó hace muchos años un señoro con aspiraciones de dandi al que los animalillos deliciosos que escuchamos en directo semejante gilipollez lo pusimos en su sitio sin hacer demasiado ruido. Este otro señoro reciente me recordó a aquel. Para qué queréis las mujeres hacer cosas de hombres, con lo guapas que estáis calladitas y sumisas.

Resulta que, además del griterío de algunos cabestros que niegan nuestro derecho a decidir, nuestra sexualidad o nuestra promiscuidad, está esta otra corriente de hombres que, viendo que con la crispación no llegan muy lejos, lo intentan con la pedagogía barata. He conocido a muchos hombres así; con alguno incluso he tenido mis historias. «Pero cariño, ja, ja, ja, no entiendes, ja, ja, mira, yo te lo explico». Disimulan, con un impostadísimo buen humor, que les incordia tu desacuerdo con su opinión, la única válida, claro que sí. «Es que no lo entiendes, ja, ja, verás, verás como cuando yo te lo cuente bien contado logro abrir esa cabecita tuya de chorlito».

Porque, como saben que esto no va de feminismos que han ido demasiado lejos, sino de compartir la tableta de chocolate a igual número de onzas para cada uno, van a inventar un relato. «Que sí, que tienes derecho, cómo no vas a tener derecho. Pero es que no te conviene».

Cuidado con estos ejemplares que se han bajado del machismo activista para practicar uno de perfil amable, uno moldeado bajo el prisma de la falsa enseñanza. Os dirán que os entienden. Os dirán incluso que son feministas. Bajarán su tono un par de decibelios y os mirarán a los ojos: te entiendo, dirán, pero es que esto no funciona así.

Hubo un machista terrible en mi entorno. No lo sufrí en primera persona. La mujer que sí lo padeció no osaba comprarse escotes o minifaldas porque le ponía mala cara, porque reventaba de celos, porque era un animal, pero ni siquiera era un animalillo delicioso: era una mala bestia que la manipulaba de todas las formas imaginables. El día que ella le perdió el miedo, el día que comenzó a ponerse minifaldas, el día que decidió ser un poco más libre, aquel hombre casi dos décadas mayor que su pareja le espetó: «No es que te quede mal; es que ya no tienes edad para ponerte esta ropa». Bendito el día en que lo dejó para siempre.

Para qué queréis puestos de responsabilidad, igualdad efectiva, salarios iguales. Para qué, con lo a gusto que estamos nosotros sin tener que compartir el chocolate.

Por La Contraria Puri Ruiz