Edurne Pasaban

La primera mujer del mundo en coronar todos los 'ochomiles'
Edurne Pasaban
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Decía Edurne Pasaban en una entrevista que le hicieron en diciembre de 2023 que su mochila pesa más ahora que cuando escalaba, porque siente sobre sus hombros la gran responsabilidad de ser un buen referente para niñas y mujeres. La escaladora, ingeniera y empresaria sobrevivió a las duras condiciones de la montaña cuando no existían medios que anticiparan una climatología adversa, cuando no había teléfonos inteligentes con los que contactar con tu familia durante los meses que pugnabas por subir a una cima de ocho mil metros. Sobrevivió, también, quizá sobre todo, a un intento de suicidio.

Para Edurne, el amor por la montaña estuvo siempre en su ADN, pero comenzó a probar suerte a los quince años, cuando comenzó a escalar en roca junto a su primo, Asier Izaguirre. Él fue, en numerosas ocasiones, su compañero de fatigas en las subidas a los ochomiles.

(Para los que son legos en la materia, como esta que escribe, hago un breve paréntesis: un ochomil es un pico que se eleva sobre el nivel del mar más de ocho mil metros. Hay catorce ochomiles en todo el planeta; pues bien, Edurne los ha subido todos. De hecho, es la primera mujer que ha conseguido esta hazaña).

Pasaban logró compaginar su amor creciente por la montaña con sus estudios. Entrenar a ese nivel es tremendamente exigente y, sin embargo, hubo tiempo para cursar una ingeniería técnica industrial y, después, varios másteres empresariales. Después de trece años preparándose, a los veintiocho años subió su primer ochomil: el Everest. El Makalu, segundo pico de esta altitud, lo coronó justo un año después, en 2002.

Vinieron otros seis ochomiles en los siguientes años: el Cho Oyu en octubre de 2002; Lhotse, Gasherbrum II y Gasherbrum I en 2003; el K2 en 2004 (el famoso en que tanto ella como Juanito Oiarzabal sufrieron amputaciones en los dedos de los pies por congelación) y el Nanga Parbat en 2005. Entonces, todo funde a negro. En el año 2006, cuando ya había coronado ocho ochomiles, cuando era una reconocida alpinista, cuando ya se había hecho un nombre, se rompe y sufre una depresión que la mantiene ingresada en el hospital cuatro meses.

«La montaña más difícil es la montaña de la vida», explicaba Edurne a RTVE. Fue ahí, en tierra firme, sin temer una caída desde una gran altura, una congelación o cualquier otra desgracia, donde necesitó de ayuda para salir adelante. Intentaba explicar en 2019 los factores que contribuyeron a ello: sus amigas se iban casando y teniendo hijos; tenían un trabajo estable. Iban, como se decía antes, sentando la cabeza. Ella no trabajaba como ingeniera, estaba entregada a la montaña, no atisbaba un futuro, había sufrido una ruptura sentimental. También vio morir a compañeros de montaña. Quizá fue una mezcla de todo. Quizá hubo otras cosas. Quién sabe: lo de menos es el cómo.

«La mente es algo que no controlas», explicaba. Porque quizá es complejo explicarle a alguien que quien ha logrado resistir a las condiciones más adversas, que ha podido vencer a las duras pruebas que te pone la naturaleza, se derrumba cuando su cerebro pide pausa. Pero es así. Nadie escapa a un problema de salud mental cuando se presenta, y lo más razonable, como en su caso, es dejarse ayudar.

Un año después, retomó la montaña y su sueño de subir todos los ochomiles. En 2007 cayó el Broad Peak. En 2008, el Dhaulagiri y el Manaslu. El Kangchenjunga, en 2009. En 2010, el Annapurna y el Shisha Pangma (que había intentado otras cuatro veces). En aquel año, Edurne se convertía en la primera mujer en haber estado en los catorce puntos más altos del planeta.

Hoy, Edurne combina su labor como empresaria de distintos proyectos de hostelería con conferencias y talleres a empresas en los que trata de aplicar su experiencia en el deporte a los negocios; pero además de dar charlas motivacionales o de contribuir al crecimiento empresarial de diversas compañías, creó una fundación que lleva su nombre, y con la que busca dar acceso a niñas y niños nepalís a la educación. Una manera de devolverle a aquellas tierras un pedacito de lo que le dieron.