Emilia Pardo Bazán

Escritora, intelectual, feminista, libérrima
Emilia Pardo Bazán

Quienes tenemos una historia en la red social antes conocida como Twitter recordamos un hilo mítico sobre Emilia Pardo Bazán y su empeño en entrar en la Real Academia de la Lengua. Lo escribió una tuitera conocida como @chococriskis, y os lo recomiendo encarecidamente, luego os contaré por qué.

Resulta que doña Emilia, una mujer de la aristocracia —en el siglo XIX, las pocas mujeres que pudieron reivindicar derechos provenían de la clase alta—, quiso entrar en la Real Academia de la Lengua. Lo intentó, dicen, hasta en cuatro ocasiones. Total, no sabemos por qué tuvo semejante atrevimiento, si entre sus méritos solo tenía los de ser novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga, traductora, editora, catedrática de Literatura y conferenciante, además de introductora del naturalismo en nuestro país.

Nunca lo consiguió y sí, el motivo os lo podéis imaginar: era mujer. Bueno, no: era una mujer de éxito, que vendía más que la mayoría de los escritores vivos, forrada, con una vida social intensísima. Una mujer libérrima, que se acostaba con quien le salía de su santísima genitalia —entre ellos, Benito Pérez Galdós, al que ponía verraquísimo, como se ha podido demostrar en la correspondencia que intercambiaron, pero que no movió un dedo por su ingreso en la Academia de la Lengua—. Emilia fue la primera mujer socia del Ateneo, todo un tótem de la intelectualidad, y llegó incluso a presidir su sección de literatura.

La cuestión es que una institución —la RAE— que hoy, casi doscientos años después, sigue sin una sola directora, mostró entonces su machismo en crudo, sin importarle un pimiento. También lo hizo con María Moliner, por poner solo otro ejemplo. Entre los muchos académicos que se opusieron estaba Juan Valera. Este escritor y político tuvo a bien, para irritar a la solicitante, idear una estrategia que consistía en invitarla a la sede de la RAE, mostrarle los sillones y, después, explicarle que no podía ser académica porque su culo no cabía en uno de ellos.

No parece, por lo que he podido llegar a leer, que dicha broma pesada llegara a darse; lo que sí fue público y notorio fueron los sucesivos chistes de Valera sobre el peso de Pardo Bazán —perdón por el body shaming, pero el escritor no tenía precisamente cinturita de avispa—. Y de aquí, de este enfrentamiento, la tuitera que mencioné al comienzo del artículo escribió en aquel hilo una frase que forma parte de la historia de las redes sociales: «Que vives en casa de tu madre, Juan Valera». Que es una manera de decir, o así lo interpreto yo, que aquel señor que se opuso a la entrada de Pardo Bazán no le llegaba a esta diva de la intelectualidad decimonónica ni a la suela de los escarpines.

Ser rica, famosa y disfrutona —también sexualmente—, ponía a los señoros de la época de uñas, y pensemos que, entonces, señoros eran casi todos. Pocos intelectuales, muy pocos, apoyaron fervientemente la labor intelectual de doña Emilia. Entre ellos, un tal Santiago Ramón y Cajal. La llamaron de todo y nada bueno. «¿Por qué no han de tener las mujeres derecho a encontrar bien formado el muslo de un hombre o a imaginarse el cosquilleo de su bigote?», escribía. Fea, gorda, puta, sandía con patas: todo esto y mucho más forma parte del tremendo hate que recibió y que, sospechamos, se pasaba por el forro de sus benditas bragas mientras alternaba cócteles y risas en los lugares de moda con sus retiros para escribir en el Pazo de Meirás.

Sirva esto como anécdota a una mujer que fue, ante todo, libre; alguien que defendió con uñas y dientes los derechos de la mujer cuando a la mujer se la trataba como acabamos de ver. Que tuvo el poderío intelectual y también económico, por qué no decirlo, como para permitírselo. Que reaccionó al relamido romanticismo con una corriente literaria mucho más terrenal, el naturalismo, que llamaba a las cosas por su nombre. Podríamos seguir hablando de Pardo Bazán hasta el infinito y más allá, porque su figura sigue iluminándonos. Pero solo queremos añadir un grito de rendida admiración: «¡Emilia, reina, guapa, diosa, toda la calle pa’ ti!».

Por La Contraria Puri Ruiz