Frida Kahlo

La pintora que convirtió el dolor en arte
Frida Kahlo

«Me retrato a mí misma porque paso mucho tiempo sola», dijo una vez Frida Kahlo. La pintora mexicana más famosa del mundo es hoy un icono popular que se pasea por el mundo en forma de tazas, bolsos, camisetas, cojines, postales, catálogos. La pintura de Frida Kahlo es la propia Frida Kahlo, que se pintaba a sí misma porque pintaba su vida. Y su vida fue dolor. Dolor y sufrimiento.

Frida vivió atravesada por el daño físico y psicológico. Los tornillos que atraviesan su cuerpo y su rostro en La columna rota son un buen resumen de sus 47 años de existencia. En ese lienzo, la pintora luce el cabello desatado, suelto —al contrario que en la mayoría de sus otros autorretratos, en los que vemos una suerte de diosa azteca, con el cabello recogido en dos trenzas enroscadas y a menudo adornadas con flores—. Sus ojos y sus mejillas están cubiertos de lágrimas. Toda la obra de Frida destila dolor, su dolor nos duele.

De ahí que, en parte, la Frida Kahlo que ha llegado hasta nuestros días se nos haga, en parte, tan extraña. Porque aquel sufrimiento parece haberse desvanecido cuando cientos de miles de camisetas, monederos, bolsos de tela lo exhiben. Como si la columna rota de Frida pudiera compararse a los botes de sopa Campbell’s de Andy Warhol (que, en cierto modo, son exactamente lo contrario).

Frida se desnudó para el mundo entero. Lo hizo porque solo así, plasmando su dolor en la tela, lo sentía un poco menos suyo, un poco más de todos. Lo hizo aunque otros quisieron moldearlo a su antojo. André Breton, uno de los pintores surrealistas de moda, trató de convencerla de que su obra era surrealista. Pensemos por un segundo en esto, porque es, quizá, uno de los mansplainnings más descarados de la historia del arte. Es decir, un señor va y le explica a una señora lo que esa señora está pintando. Sería divertido si no fuera porque es patético.

La mexicana —cuán mexicana, por cierto: cómo plasmó su cultura en sus ropajes, en sus elementos recurrentes, en su paleta de colores— no solo no se sintió nunca cerca de aquella corriente artística, sino que explicó lo opuesta que era su pintura: «Yo nunca he pintado sueños, lo que yo he representado era mi realidad». Y era así: Frida arrollada por el tranvía que cambió su vida. Frida agradeciendo a los médicos su sanación con los mismos elementos visuales que quienes agradecían a los santos. Frida sufriendo un aborto espontáneo en el hospital. Frida viendo cómo las enfermedades la consumían. La iconografía que la rodea es la expresión de sus tortuosas experiencias. No son sueños. Es la vida golpeándola, la vida convertida en pintura.

Aunque una poliomielitis sufrida de niña limitó su movilidad desde los seis años, fue un terrible accidente a los dieciocho el que compuso el bastidor sobre el cual tejió toda su obra artística. Tras este, y debido al gran tiempo que pasaba reposando tras las operaciones a las que la sometían, a Frida le instalaron un espejo en el techo de su cama (entonces, era habitual que las camas tuvieran baldaquino), y un caballete que le permitía pintar tumbada.

¿Cómo pudo, sin embargo, ser tan libre una mujer atada a un cuerpo que la limitaba? Frida tuvo, como cualquier persona, sus contradicciones; sin embargo, de la historia emerge la idea de una mujer que no se parece a nada, que no se parece a nadie, que tuvo el arrojo de apoyar y proteger aquello en lo que creyó, que se alejó de las tendencias para crear un mundo propio.

La relación de la artista con su cuerpo (un cuerpo que dolía, un cuerpo que amaba, un cuerpo que sentía placer sexual, un cuerpo que gestaba) fue el gran leitmotiv de su pintura. Se pintó a sí misma, pintó su propia tragedia, pintó lo que amaba y a quienes amaba, pese a que de sus relaciones amorosas nacieran a su vez otros dolores. La pasión y el dolor, el sexo y la muerte, la autoconsciencia: todo eso era Frida. Todo eso y mucho más. Pero cómo abarcarlo todo si Frida fue tanto, si lo sigue siendo.