Gabriela Mistral

La primera (y única) mujer latinoamericana en recibir el Nobel de Literatura
Gabriela Mistral

Solo hay dos premios Nobel entregados a mujeres latinoamericanas en sus más de 120 años de historia. El otro es el de la Paz y lo obtuvo Rigoberta Menchú casi medio siglo después que Gabriela Mistral, una de las autoras más leídas y traducidas de Latinoamérica; una pluma sensible y transgresora sujeta con mano firme por una firme defensora de los colectivos oprimidos. Sobre todo, indígenas y mujeres.

Pero Gabriela Mistral —nacida Lucila Godoy Alcayaga— fue mucho más que un Nobel. De hecho, gran parte de su vida estuvo vinculada a la enseñanza. Quince años tenía cuando comenzó a dar clases en La Serena, al norte de su Chile natal. Para entonces ya se le había despertado la pasión por la poesía, que le vino de su padre (al que siempre quiso pese a que la abandonó siendo poco más que un bebé) y cuyo estilo fue puliendo gracias a la biblioteca personal de Bernardo Ossandón, que le abrió de par en par a la entonces maestra.

Con 21 años daba clase a niñas de Secundaria, y allí desarrolló una carrera en la enseñanza chilena de once años de duración, en los que fue cuestionada por sus compañeros debido, al parecer, a que no reunía los requisitos académicos para ejercer. Tras aquella etapa se mudó a México, y aquí su labor docente dio un salto cualitativo de carácter social. Para Gabriela aquel fue un cambio radical: el presidente del país, José Vasconcelos, quería poner en marcha un nuevo sistema educativo incorporando la enseñanza rural. Aquel sistema, con leves modificaciones, es el que permanece hoy en día.

Pero en paralelo, Gabriela había llevado una carrera como escritora de poesía. También conocía y comprendía las reivindicaciones de los pueblos indígenas, por los que fue interesándose cada vez más. De hecho, quienes la conocieron afirmaban que, junto con la tierra y las mujeres, eran sus grandes pasiones, los ejes alrededor de los que giraba su obra.

Su obra recoge títulos como Desolación, Ternura o Lagar; pero es Tala, su tercer poemario, uno de los que se consideran más maduros y el penúltimo publicado antes del Nobel. Mistral, que vivió a caballo entre Europa y América, fue nombrada cónsul de Chile en Madrid en 1933. La guerra civil española le produjo tal impacto que cedió todos los derechos del libro a las instituciones catalanas que acogieron a los niños sin familia durante la guerra. En la razón del libro, escrito de puño y letra de la intelectual, se puede leer: «Alguna circunstancia me arranca siempre el libro que yo había dejado para las Calendas, por dejadez criolla. La primera vez el Maestro Onís y los profesores de español de Estados Unidos forzaron mi flojedad y publicaron Desolación; ahora entrego Tala por no tener otra cosa que dar a los niños españoles dispersados a los cuatro vientos».

Los niños y su destino también estuvieron siempre en el corazón de esta mujer sabia, que nunca llegó a tener una relación fluida con su país natal. Los avatares políticos y los, a su parecer, lentísimos cambios sociales, concitaban en ella sentimientos encontrados. De cualquier modo, el gobierno de Chile fue quien la llevó a instalarse definitivamente en Estados Unidos también como cónsul, en esta ocasión de Nueva York.

Gracias a ello consiguió vivir junto a Doris Dana, la que a todas luces parece que fue su gran amor y albacea oficial de su legado, a la que conoció solo un año después de ganar el Nobel. Eso sí, en tiempos en los que la homosexualidad femenina no estaba bien vista, ninguna reconoció jamás esa relación. Sea como fuere, lo que sí sabemos hoy es que la poeta cedía su piso de la avenida Menéndez y Pelayo al conocido como Círculo Sáfico de Madrid, un grupo de lesbianas intelectuales entre las que se encontraban Rosa Chacel y Elena Fortún.

Doris se negó a entregar la obra de Gabriela a Chile hasta que el gobierno del país no reconociera su extraordinario legado universal. Y, a pesar de algún intento por parte de Presidencia de reunirse con ella, a Doris no debió de convencerle el trato dispensado a la figura de Mistral, puesto que falleció sin desprenderse del material que conservaba y que terminó entregando su sobrina, Doris Atkinson. Cientos de cartas y miles de ensayos forman desde 2006 parte del patrimonio chileno.

Nueve años después, cuando en aquel país se legalizaron las uniones de hecho entre personas del mismo sexo, la entonces presidenta, Michelle Bachelet, recordó unas palabras de Gabriela dirigidas a Dana: «Hay que cuidar esto, Doris; es una cosa delicada el amor».

Por La Contraria Puri Ruiz