Garbiñe está harta (y nosotras también)

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Hemos visto, en los últimos años, a varias deportistas decir «hasta aquí». Simone Biles lo hizo en 2021. Naomi Osaka, en 2019. Irene López, campeona del mundo sub-17, en 2022. Edurne Pasaban, como te contamos en esta misma web, estuvo a punto de que una depresión, y no la montaña, le costara la vida allá por 2006. La salud mental va tomando protagonismo y es un motivo más que suficiente para poner todo lo demás en segundo lugar. También el deporte de élite. Pero a veces se deja porque sí, porque ya está bien, porque apetece, porque te da la gana. Y ese ha sido el caso de Garbiñe Muguruza.

Resulta que esta impresionante tenista, en medio de la pandemia, vio que llevaba unos cuantos meses sin la presión de la pista y que ni tan mal, oye. Que se podía vivir sin competir. Así que empezó a pensar en la posibilidad de retirarse y ha culminado ese otro sueño, el de vivir más relajada, recientemente, feliz. Porque, lo creáis o no, se puede ser feliz sin ser una superdeportista. Una cosa loquísima, sobre todo para un puñado de gente que se rasga las vestiduras ante este tipo de decisiones, aunque lo más cerca que haya estado nunca del deporte de élite haya sido aquella vez que corrió para no perder el autobús —y ojo, me incluyo en este grupo—.

Garbiñe nos ha dado, a quienes amamos el tenis, bastantes momentos gloriosos. Ha estado en el podio de varios torneos del Grand Slam; ha liderado la WTA; ha estado nominada a mejor deportista en los premios Laureus. Precisamente en la edición de 2024 de estos premios tuvo que explicar, en la alfombra roja, el porqué su cambio físico. Dicho de otra forma: al dejar de entrenar 8 horas diarias, tiene un cuerpo distinto por el que —por lo que sea— no suelen preguntar a los hombres cuando se retiran, pero que sigue teniendo un impacto visual desmesurado cuando se trata de una mujer.

Muguruza explicó justo eso: que no vio que le preguntaran por esto a los deportistas masculinos que ya no competían y también se pasaban por la misma zona que lla. Pensábamos que habíamos evolucionado un poco, pero al final las barriguitas de ellos siguen mirándose con indulgencia y las nuestras, no. Es que ni siquiera dan tregua a las mujeres que acaban de dar a luz: los titulares sobre la lenta recuperación de tal o cual famosa tras un embarazo y un parto, con lo que semejante proceso supone para nuestros cuerpos y nuestras mentes, continúan sucediéndose, tácita o explícitamente. Es agotador.

Y Garbiñe —que, aunque no tuviera por qué ser así, estaba sencillamente ES-PEC-TA-CU-LAR aquel día— podría haberse derrumbado. Podría haberse deshecho en lágrimas por el enésimo comentario sobre el físico de las mujeres. Y habría sido perfectamente comprensible, porque ya está bien de andar midiéndonos el pecho, las caderas, el trasero. Pero resulta que Garbiñe tenía el día peleón, y vino a decir que sí, que su cuerpo había cambiado, que qué pasa, que es normal, que ya no se machaca todo el día en un gimnasio, que quiere vivir la vida y disfrutar —un poco como los que la critican, vaya—; que lo importante es estar sana y que a ella lo que le pide su (renacido) cuerpo ahora es casarse, tener una vida más tranquila, tener un perro. Me ganó lo del perro, no os voy a mentir.

Me encanta su respuesta y, por desgracia, me encanta por infrecuente. Si a cualquiera de nosotras nos sienta como un tiro que el listo de turno nos comente que parece que hemos cogido o perdido peso, que estamos avejentadas u ojerosas, imaginaos una mujer que, por su exposición mediática, tiene que leer y escuchar ese tipo de cosas decenas de veces al día. Si te afecta un poco, como es lógico que suceda, no hay terapia que arregle eso.

¿Cuántos comentarios hemos de soportar sobre nuestros cuerpos, nuestros kilos de más o de menos, si el vestido elegido para tal evento era acertado o no, sobre nuestras parejas o nuestras maternidades —como si ser madre o pareja nos definiera—, sobre las dietas que hacemos, cómo nos cuidamos, qué cremas hidratantes utilizamos, si nos operamos la nariz o el ombligo o cómo nos conservamos tan bien o tan mal a una determinada edad? ¿Por qué todo este halo de imbecilidades frívolas sigue completando nuestro currículo?

Garbiñe ha mandado a la porra elegantemente a quienes han mostrado un repentino interés por su físico, pero no todas sabemos hacerlo. No todas podemos, o no siempre. A veces, la presión revienta el saco por donde menos una se lo espera. Y luego vienen las lágrimas colectivas lamentando las desgracias, ay, pero quién iba a imaginarlo. Como si no hubiera relación entre aquellos comentarios y estas determinaciones. O sea, cuando no hay remedio.

Por La Contraria Puri Ruiz