Isabel Allende

Una vida tejida con ausencias
Isabel Allende
Getting your Trinity Audio player ready...

¿Quién es mejor escritor, el que reúne a millones de lectores a su alrededor, el que concita el interés en varios países, el que se convierte en un superventas, o aquel más abstruso, más interesado en gustar a unos pocos, pero al que los críticos aplauden? Esta reflexión en forma de pregunta viene a cuento porque Isabel Allende, propuesta en dos ocasiones para el Premio Nacional de Literatura en su país, Chile, lo terminó recibiendo envuelta en polémica. Varios escritores de prestigio no tuvieron el menor empacho, tanto en el primer intento como en el segundo, en decir abiertamente lo mala escritora que era.

Valorar la calidad de la obra de Isabel Allende —34 obras publicadas entre libros, teatro e infantil— es algo que no nos compete a Las Contrarias, pero es la escritora viva más leída en español y ha vendido cerca de 80 millones de ejemplares que han sido traducidos a 42 idiomas distintos. Demasiada gente equivocada, ¿no os parece? Sea como sea, mediocre o excelsa, sublime o simplemente entretenida —ser entretenida es cualquier cosa menos algo simple—, Isabel Allende cuenta con algo que la inmensa mayoría de escritores no tendrá jamás: vive, y muy bien, de las ventas de sus libros.

Ausencias con mucha presencia

Muy atrás quedan importantes ausencias, en especial tres: la primera, voluntaria; la segunda, dolorosa; la tercera, insoportable.

La primera ausencia ocurrió en su primera infancia, a mediados de los años 40. Su padre, Tomás Allende, diplomático y hermano de Salvador Allende —el que fuera presidente de Chile—, se fue un día para no volver. Se separó de Francisca Llona —la madre de Isabel— y se esfumó. Sin más. La escritora había nacido en Perú precisamente debido al trabajo de Tomás, pero a los cuatro años ya había retornado con su madre, recién divorciada, a su tierra. Nunca más, explica, se habló de él. Sencillamente, no existía.

De la familia paterna solo conservaron relación precisamente con Salvador hasta que murió trágicamente —nueva ausencia— cuando los militares que tomarían el poder asaltaron el Palacio de la Moneda. La conexión con su tío trascendió lo familiar, ya que después de la tragedia abandonó Chile, adonde no volvió a vivir más.

La tercera —y peor—fue la de Paula. La hija de Isabel Allende, psicóloga y educadora, en cuyo honor la escritora cofundó en 1967 una revista del mismo nombre, murió a los 29 años, en 1992. Ocurrió como consecuencia de complicaciones derivadas de la porfiria, una de esas enfermedades clasificadas como raras, y después de haber pasado 150 días en coma. Solo llevaba un año casada. Dos después de su fallecimiento, en 1994, Allende publicó Paula, un libro autobiográfico en el que cuenta su vida y la hospitalización de la joven mientras va produciéndose el proceso de aceptación de la tragedia que está por llegar. En 2007 llegó La suma de los días, una especie de segunda parte en la que explica la vida después de la desaparición de Paula.

Entre una vida y una obra

En medio, todo lo demás. O casi. Isabel Allende publicó su primera novela y principal éxito, La casa de los espíritus, en 1982. Tenía entonces 40 años y vivía exiliada en Venezuela desde la llegada al poder de Pinochet. Casada con Miguel Frías —el padre de sus dos hijos, Paula y Nicolás—, se separaron solo cinco años después de la salida al mercado de su debut literario. El segundo matrimonio la llevó a Estados Unidos, de donde procedía su segundo marido y donde conoció al tercero, un fan irredento de su obra.

La vida, siempre sorprendiendo. Y eso que la propia Isabel contaba, seis años atrás y con motivo de la salida de Más allá del invierno —novela que dedicó a Roger—, cómo tras su segundo divorcio la gente le daba poco menos que el pésame porque se quedaría sola para siempre, y ella pensaba que aquello no le provocaba ni la décima parte de dolor que la muerte de Paula. Quien ha pasado por un trance así seguramente sabe mirar a la tragedia cara a cara.

Las cosas de Isabel

Por La Contraria Puri Ruiz