Jenni Hermoso

Una carabanchelera en México
Jenni Hermoso
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¿Te imaginas de algún futbolista que haya triunfado en el Atlético de Madrid, el Barcelona y el PSG? No es que sea yo una institución en esto del deporte entre los deportes, pero no se me ocurre ninguno. Pues lo hay o, más bien, la hay. Es Jenni Hermoso.

Jenni es una de esas mujeres a las que se admira casi sin sentir, con ese acento del Madrid de barrio que compartimos, que destila cierto orgullo de clase. Nada que ver con el Madrid de meninas y árboles talados, sin laísmos ni jotas aspiradas. No: Jenni es del Madrid que solo sale en las noticias cuando revienta una alcantarilla o bloques enteros de edificios peligran porque a alguien le pareció bien tunelar bajo sus cimientos.

También pertenece a una generación de futbolistas que no vamos a olvidar jamás. Porque ella, Jenni, fue una de las mujeres que hicieron que miráramos el fútbol femenino. No que lo viéramos, no: que lo miráramos. Que nos diéramos cuenta de que había un grupo de mujeres que habían tomado el testigo de otras mucho menos conocidas y se empeñaron en mostrarnos hasta dónde podían llegar.

Jenni se hizo futbolista por su abuelo. «Juego al fútbol por él», ha relatado en alguna que otra entrevista. Su abuelo era portero en el Atlético de Madrid y quien la animó a que se presentara a las pruebas para el mismo club, en el que ingresó en 2004. De hecho, explica que jugando al fútbol solo tiene fotos con él, porque al resto de la familia el fútbol… como que no. Desde ese debut hace casi 20 años y en el que marcó un gol hasta ahora, su carrera ha ido en continuo ascenso y la llevó a México, donde juega ahora. En este tiempo ha ganado una Champions League, siete Ligas, cinco Copas de la Reina y una Copa de Francia; a título individual ha sido cinco veces máxima goleadora de la Liga, máxima anotadora de su equipo cuando jugó en el Barça y ganó el Balón de Plata.

Y llegó el Mundial.

Junto a Alexia Putellas o a Aitana Bonmatí, junto a la que estuvo nominada en el The Best 2023-24, logró una hazaña increíble. Fijaos bien: es que estamos hablando de que el fútbol hecho por mujeres se profesionalizó oficialmente en España en 2021, y solo dos años después ganaban el Mundial. Se pongan como se pongan algunos, es un logro que nunca se había visto en este deporte.

Después vino el beso. Un beso con más versiones que una canción de Los Beatles, pero que al final ha resultado ser lo que siempre fue: un señor aprovechando su jerarquía para vulnerar el espacio y la privacidad de una señora sin el consentimiento de esta.

Es curioso cómo los dos Mundiales que ha ganado una selección de fútbol en nuestro país están marcadas por un beso. Pero hay ciertas diferencias entre ambos. Aquel de Sudáfrica se lo dio un futbolista que acababa de ganar a su novia (aunque aquí habría mucho que decir, ¿eh, contrarias?), y el de Australia se lo propinó a Jenni un superior porque le salió de sus —previamente sobadas por su propia mano— partes blandas. Aquel no empañó la victoria y este la dejó en un segundo plano. Aquel robó suspiros, este nos dejó a cuadros.

Demasiadas palabras dedicadas a quien no las merece. Vuelvo a Jenni, que por eso esta entrada lleva su nombre, y dejo para el final una de las cosas que más me gustan de ella: su sonrisa. Es de esas mujeres que se la tatúan y que la llevan puesta llueva o truene. La admiro también por eso: es la mejor respuesta posible ante quienes se empeñaron en diluir su triunfo.

Por La Contraria Puri Ruiz