Julieta Martínez (Tremendas)

Julieta Martinez
«Difícilmente una niña querrá hacer una carrera STEM si jamás ha pisado un laboratorio»
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Imaginad un mundo en el que las niñas y adolescentes apenas tienen voz, apenas pueden decidir sobre su futuro. Bueno, en realidad no hace falta imaginar, porque ese es exactamente nuestro mundo. Y con esa idea transformadora nace Tremendas que, en palabras de su fundadora, Julieta Martínez, va de lo micro (formar a las niñas y adolescentes y dotarlas de herramientas que las enseñen a cambiar el mundo) a lo macro (participar en foros que incluyen Naciones Unidas, donde se les da voz y se convierten en agentes de cambio).

Tremendas nació en 2018. Julieta Martínez la creó con 15 años. Hoy tiene 21. En Las Contrarias había ganas de conocer la visión de una mujer (muy) joven de la que tenemos muchísimo que aprender en muchas cuestiones: igualdad, cambio climático, sociedad inclusiva o brecha STEM de género. Quedaos, porque os va a gustar.

Confiesa: ¿cuántas veces te han comparado con Greta Thunberg?

¡Uf! [se ríe]. Hablando muy en serio, no creo que pueda contarlas. Me llamaban en prensa la Greta chilena. Hasta salió en informaciones que yo me había inspirado en ella para involucrarme en el activismo. Admiro profundamente a Greta y su movimiento contra el cambio climático, pero he visto que a todas nos van poniendo este apellido: la Greta chilena, la Greta argentina, la Greta mexicana… Tengo muchas amigas activistas de otros países y les pasa exactamente lo mismo.

Habéis encontrado un nicho muy interesante en el activismo: el de las adolescentes y niñas. ¿De qué manera notáis que habéis abierto un espacio que antes no existía?

Es un hecho que a lo largo de la historia siempre ha habido en movimientos pro derechos civiles, democracia, derechos ambientales, antiguerra, siempre ha habido jóvenes y adolescentes movilizados para llamar la atención sobre estas causas, no quedarse en el statu quo y promover no solo la movilización, sino también buscar cuáles son las herramientas para generar cambios sustanciales. Pero cuando se habla de derechos estudiantiles normalmente se alude a los estudiantes universitarios, que cuentan con más recursos; sin embargo, a los niños y niñas menores de 18 años no se los considera ciudadanos o ciudadanas como tal en muchas Constituciones.

Se supone que a las niñas y a los niños hay que protegerlos, pero esto no siempre ocurre. Lo que hacemos desde Tremendas es dotar a esas niñas de herramientas no solo para sentirse seguras, sino para que se conviertan en motores de cambio, para que puedan conectar con sus gobiernos locales y les puedan preguntar qué se está haciendo allí, qué falta por resolver. Y, por supuesto, demostrarle al mundo que nadie mejor que ellas entiende los problemas que viven las niñas y adolescentes. Existen expertas y expertos en infancia, pero si no se cuenta con ellas falta hermenéutica en ese trabajo. Ellas entienden su contexto y su realidad mejor que nadie, y ya tienen las soluciones porque llevan luchando toda su vida.

Lo que hacemos desde Tremendas es empoderar a las niñas, pero no solo con eslóganes como «¡empodérate!, ¡haz ciencia!, ¡toma todos los espacios!», porque una niña difícilmente hará ciencia o intentará romper la brecha de género si nunca ha pisado un laboratorio y todo el rol doméstico se le impone a ella, si no tiene autonomía y conciencia de qué quiere hacer. En definitiva, lo que queremos es dotarlas de esas herramientas que les permitan influir en las políticas públicas, en construir un proyecto de país.

Ahora mismo podríamos decir que englobáis a dos generaciones: la generación zeta y la alfa. Ambas están atravesadas por una preocupación por el cambio climático mayor que la de generaciones anteriores. ¿Cómo se encaja que vuestra generación, siendo la más preocupada, sea la menos escuchada?

¡Qué preguntaza! Me voy a referir más a la generación zeta, que es la mía. De nosotras se dice que somos la generación digital, que nacimos con un teléfono en la mano. Nacimos en un contexto en el que era completamente normal responder a todas nuestras dudas preguntándole a una computadora, a Google, a tu teléfono. Eso no te da acceso a todo ni resuelve todas tus dudas, pero democratiza el acceso a la información y te da la posibilidad de cuestionarte cosas, de dar con contenido que tal vez supere la realidad o las múltiples realidades a las que te enfrentas a diario. De esta forma vas creando pensamiento crítico.

En esa misma línea, gracias a ello yo sé, en cuestiones de activismo climático, lo que es el IPCC, lo que es adaptación, mitigación, resiliencia climática…, todos estos conceptos que durante mucho tiempo se quedaron atrapados en el mundo académico, en la comunidad científica. Puedo entender a adultos de anteriores generaciones que nos digan: «Es que nosotros no tuvimos la misma información que tienen ustedes». Pero ahora que sí la tienen, ¿por qué ustedes que son adultos, que están en el Congreso, en el Senado, que votan, no hacen nada? Por eso nos manifestamos y necesitamos generar incomodidad, porque si en las manifestaciones, que todas tienen cierto grado de performance, no hacemos sentirse incómodos a estos adultos, es que estamos haciendo las cosas mal.

Si no nos van a escuchar, vamos a tener que buscar la forma de que lo hagan. Lo ideal es tener una mesa de diálogo donde escuchar y hablar, pero mientras eso no exista… Por eso me gusta lo que se hace desde Tremendas: luchar para que la sociedad civil cada vez esté más dispuesta a escuchar lo que dice la generación zeta. Greta Thunberg decía que los jóvenes no somos más que un micrófono que repite lo que la ciencia dijo hace setenta años. Y estoy de acuerdo, pero agregaría que estamos entregando una perspectiva nueva a la conversación, una nueva forma de hacer política y de proteger lo que uno ama: el ecosistema y la relación que tenemos con él.

También se habla en vuestros foros, y mucho, de feminismo. No sé en Chile, pero en España hay una tendencia ahora mismo consistente en que las jóvenes son cada vez más progresistas y los chicos, más conservadores. ¿Es igual allí?

Es cierto, yo también he visto informaciones en este sentido. Creo que se basa en esta red pill theory (teoría de la píldora roja) y que consiste en responder al feminismo con discursos de odio. Cuanto más se habla de interseccionalidad, de derechos fundamentales, de cómo erradicar el eterno femenino, surge un grupo de hombres que no sabe cómo comportarse con nosotras.

Me ocurre hablándolo con mis amigos varones, que me dicen: «¡Es que no sabemos cómo comunicarnos con vosotras, es que todo está mal!». ¡Y no, no todo está mal! Pero el hecho de que repensemos nuestra manera de relacionarnos es una forma de repensar la cultura. Durkheim [Émile, famoso sociólogo, filósofo y pedagogo del s. XIX] lo dijo años atrás: la sociedad tiene un carácter coercitivo y esa coerción viene de la educación, de la forma en que entendemos lo que es bueno y malo. Y si todo eso es un constructo social significa que podemos repensarlo y desmantelar ciertas formas de pensamiento.

Me duele mucho todo esto. Me lo encuentro cuando voy a escuelas y veo a niños chiquitos que gritan: «¡Feminazi!», sin saber para nada la connotación que tiene y cómo mezclas esos dos conceptos, porque el lenguaje transforma realidades. Ocurre y me gustaría pensar que sabemos cómo cambiar este paradigma. Porque esto no es una batalla entre géneros: tenemos que saber cómo trabajar para que las niñas no tengan que sentirse superheroínas todo el tiempo: que puedan crecer tranquilas y seguras.

Entre vuestras propuestas está la de una educación inclusiva y no sexista. ¿Cuál es la realidad de la educación allí? ¿Hay una buena enseñanza pública, se prefiere la privada, se educa cada vez más en igualdad…? ¡Contadnos!

Creo que la educación inclusiva y no sexista tiene que ver con lo anterior, es decir: repensar nuestra cultura, nuestras prácticas, nuestros valores y principios… A veces, cuando hablo de tener perspectiva de género en temas como la crisis climática, me preguntan: «¿Pero qué tiene que ver eso, si el cambio climático afecta a todo el mundo?». Absolutamente. Pero, por ejemplo, el 80% de los migrantes climáticos son mujeres y niños. Las mujeres son 14 veces más vulnerables que los hombres a fallecer en un desastre natural. Hay que pensar en que los niños y niñas salgan de la escuela no solo sabiendo ciencia y matemáticas, sino siendo ciudadanos y ciudadanas competentes, que haya formación cívica, que aprendan sobre el consentimiento.

En un mundo tan cambiante es importante trabajar el diálogo y la democracia: vivimos en un mundo extremadamente polarizado, con una democracia tambaleante en muchas ocasiones. La educación inclusiva va más allá de las frases cliché: la educación forma a las personas y cambia vidas. Cambiemos vidas y enseñemos desde muy chiquititos a los chicos la importancia del respeto, de la interseccionalidad, de la perspectiva de género, ya que la historia nos ha dejado a menudo en segundo plano.

En el caso de Chile hay una diferencia enorme entre educación pública y privada: la privada es muy cara, la pública no siempre responde a las necesidades de los estudiantes y lamentablemente se nota mucho esa desigualdad. Además, la enseñanza privada suele tener alguna connotación religiosa, por lo que hay ciertos temas que no se pueden abordar, y eso también genera barreras. Queremos que haya un desarrollo integral de la educación para todos los estudiantes, no solo para el 1% de la población.

Nacisteis en Chile pero ya tenéis presencia en casi 20 países de Latinoamérica y el resto del mundo. ¿Cómo se logra una red tan grande de voluntarias?

El gran boom que tuvo Tremendas en redes sociales fue en pandemia. Con todo el mundo encerrado en sus casas, sin poder dar talleres en las escuelas, tocaba adaptarse. Con todo lo que supuso (aumento de la violencia de género, deterioro de la salud mental), hicimos match en redes con un montón de mujeres de todos los países que estaban interesadas en hablar de ciencia, ingeniería, matemáticas y de cómo proteger el ecosistema, del cambio climático… En definitiva, de todos los temas que abordamos en nuestra plataforma.

En Tremendas encontraron una red de apoyo y un espacio seguro. Se desconectaban de la clase online, del Zoom, y en ese tiempo libre que dejó la pandemia se interesaron en nuestros proyectos, en conectar con otras personas… Fue algo muy orgánico. Nos empezó a contactar gente de Ecuador, de México, de Colombia y de otros países preguntando si existía allí la plataforma, y si no, si la podían crear ellas.

Imagino que parte de vuestro éxito estará en escuchar propuestas, en la interacción, el intercambio de ideas. ¿Qué propuestas os han llegado de fuera que se hayan convertido en parte nuclear de vuestro ideario?

El intercambio de ideas es fundamental para el desarrollo de Tremendas. A veces son, más que grandes ideas, detalles que marcan la diferencia y que tienen que ver con esa idea de la interseccionalidad, de la superposición de desigualdades: cada niña, según el contexto en el que viva, va a vivir realidades distintas, va a necesitar herramientas distintas. Y de hecho es interesante ver cómo la plataforma se adapta a esas realidades según el país: Tremendas tiene siete áreas de acción distintas en Chile (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; medio ambiente; equidad de género; sociedad inclusiva; arte y cultura…), y en los distintos países a los que iba llegando estas áreas se iban abriendo poco a poco según las necesidades.

Cosas que en Chile trabajábamos menos, porque no son importantes, en otro país eran tremendamente relevantes. Por ejemplo, en Colombia han abierto un área que es la prevención del conflicto y el trabajo por la paz. Obviamente en Chile trabajamos por asegurar la paz y la democracia, pero sabemos también que el contexto en Colombia o en México es muy distinto al nuestro. El narcotráfico, el crimen organizado…, afectan muy distinto allí y aquí. En Bolivia o Ecuador, el área de sociedad inclusiva trabaja más enfocada a comunidades indígenas. Creo que todo esto le da un valor muy especial a Tremendas, porque no hay un copypaste, sino que es un espacio seguro en el que desarrollar sus ideas y aprendan formas de conectar con agentes de cambio en el que cada plataforma dé respuesta a las necesidades de cada país.

Cuando se habla de activismo, inevitablemente nos ponemos en un escenario de gente en la calle gritando proclamas, pero el activismo también, y sobre todo, es transformación social. ¿En qué ha contribuido Tremendas a transformar su realidad?

Tremendas es un gran ejemplo de cómo pasar de la pancarta a la acción. Obviamente, manifestarse es clave para transmitir un mensaje y generar cambios, pero en un mundo tan cambiante, con tantos problemas distintos, como el cambio climático, las zonas en conflicto, la escasez hídrica…, desde el mismo activismo tenemos que pensar en cómo ir más allá de la queja y buscar posibles soluciones. Y desde esa perspectiva, en Tremendas ha participado en distintas mesas directivas, en políticas públicas enfocadas en la niñez o la adolescencia, que tengan que ver con repensar el currículum educacional, donde expongan sus puntos de vista y los de sus compañeras.

También hemos desarrollado academias de educación con cursos 100% gratuitos que han formado a miles de chicas en educación robótica, biológica y astronómica. Hoy en día tenemos una brecha de género STEM que tenemos que abordar, y la academia busca cerrarla formando a chicas que, ante la crisis climática, puedan trabajar en los próximos empleos verdes. La idea es que estén realmente preparadas a la hora de abordar desastres climáticos futuros.

Podría seguir enumerando, pero quiero que quede la idea fundamental: Tremendas es un espacio seguro en el que las chicas puedan soñar con un futuro. Porque algunas creen que no lo van a tener.