Los ‘Él’

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Hace muchos años, pero no tantos, presencié algo que jamás creí que mis ojos verían. Lo bueno de tener mi edad es que cada vez me sorprendo menos; lo bueno de ser mujer es que nunca dejo de sorprenderme. Y en esta constante paradoja vivo, amigas.

Pero voy al turrón, que tengo tendencia a dispersarme. Como os digo, ocurrió hace años, pero no tantos. Digamos que hacia 2008 o 2009.

En aquel momento, yo era la atribulada a la par que feliz madre a tiempo completo de una preciosa criatura de unos 3 —o quizá 4— años que hoy se llama Mars, qué más da su nombre de entonces. Hacía buen tiempo, pero estábamos en Málaga, así que quién sabe si era invierno o verano. Era feliz porque mi hija era pequeña y yo constituía algo así como el centro de su universo; me sentía atribulada porque, fuera del Sol que yo era alrededor del cual orbitaba ella, el resto de lo que implicaba ser madre me parecía un soberano pestiño. 

Uno de esos momentos-pestiño es el que paso a describiros. Pongamos que era la mañana de un sábado, aunque bien podría ser la de un domingo. Un grupito de madres habíamos quedado para realizar una de esas actividades sabatinas o dominicales en las que las criaturas disfrutan y las madres —y a veces los padres, pero tampoco os hagáis muchas ilusiones— nos hacíamos las civilizadas… dentro de unos límites.

La actividad en cuestión era el Museo Interactivo de la Música, lugar que os recomiendo si tenéis pequeños o pequeñas de entre 3 y 10 años. Entonces, luego lo cambiaron de lugar, estaba en un parking; es decir, bajo tierra. Allá estábamos nosotras, viendo cómo nuestra descendencia aporreaba un piano o destripaba un violín desde haría un par de horas, cuando apareció Él.

Él surgió casi como de la nada. Nosotras habíamos organizado la salida para que nuestras hijas e hijos se vieran, acordado fecha, dispuesto las actividades de la mañana. Él entró cual elefante en una cacharrería a alborotarlo todo. No recuerdo ni que diera los buenos días antes. Se dirigió a nosotras así, en grupo, a la masa que conformábamos y, cual sargento chusquero, en el mismo tono en que un militar de bajo rango se dirigiría a la tropa, ordenó:

—Todas, ahora, os vais a la plaza a firmar, que hay una mesa puesta para exigir la pena de muerte para los pederastas. —Puede que fuera cadena perpetua, no recuerdo bien el matiz.

Como te lo digo, Mariloli, cómo te quedas.

Sin rechistar, sin alzar la voz, estas mujeres del siglo XXI —una era ingeniera; otra, médica; otra más, economista— subieron disciplinadamente a obedecer al gallito que se había metido en el gallinero básicamente a dar por saco.

Yo seguí por allí, pendiente de mi hija, con cara de póker, pero moviendo los ojos mentalmente como Marujita Díaz. «Qué acaba de pasar», decía yo para mis adentros.

—¿Tú no subes? —exclamó de repente, algo confuso por la desobediencia civil de una de las gallinas.

—No, yo no subo. —Seguí a lo mío, disimulando, sin saber muy bien cómo reaccionar, pensando en una respuesta.

Hubo un silencio de un par de segundos.

—¿Y eso?

Más silencio. Porque yo ya estaba preparando mi respuesta.

—Pues en primer lugar, porque yo no firmo algo en lo que no creo. Y en segundo, porque sería la primera vez en mi vida que un hombre me da una orden y le obedezco. —Lo miraba fijamente a los ojos, comida por la impotencia de no poder rematar con un: «Gilipollas».

Si el silencio se hubiera podido masticar en aquel momento, habría sido un mochi.

Huelga decir que la tensión entre Él y yo duró aquella jornada y algunas más. Él no era un desconocido, como ya habréis supuesto, sino el marido de una de las ellas que habían corrido raudas a firmar por algo que, sospecho, ni siquiera llegaron muy bien a saber qué era. No las culpo. En su mundo —también en el mío, pero diría que algo menos— estos hombres llevan una eternidad convirtiendo sus opiniones en dogma. Nosotras, para los Él con los que tantas veces nos hemos cruzado, somos no sé muy bien si animalillos por adiestrar, locuelas a las que hay que dirigir por la senda del bien o personitas infantilizadas a las que reconvienen como la maestra de Infantil lo hace con su alumnado (cómo me revienta esto último); lo que sí tengo claro es que, aunque no lo reconozcan, no nos ven como a sus iguales. Porque, queridas, decidme: ¿cuántas de vosotras os habéis plantado delante de un grupo de hombres a conminarles a hacer algo? ¿Cuántas habéis triunfado? Pues eso.

Por fortuna, hay otros muchos él así, con minúsculas, que nos acompañan. Que se equivocan. Pero que a diario pelean contra sus propios resabios para reconstruirse. Benditos sean ellos. Quiero a mi lado a todos los él del mundo y bien lejos a todos los Él del mundo.

Ah, se me olvidaba: sigo siendo la atribulada y feliz madre de Mars. Hoy es una adulta a la que su madre educó para que ningún Él del mundo intentara siquiera decirle qué tenía que firmar y dónde.

Por La Contraria Puri Ruiz