Lydia Cacho

La mujer que convirtió su propia tortura en arte
Lydia Cacho

«Jamás imaginé que un gobernador se atrevería siquiera a proteger a una red de hombres que compraban y vendían niñas de 4, 6, 8 años para explotarlas sexualmente». Esta frase, pronunciada por Lydia Cacho en una entrevista de 2022, encierra muchísimo horror. Y, sin embargo, solo encierra una parte de todo el horror que vivió.

Imagina que eres una periodista de investigación, comprometida con tu profesión y con la justicia social. Imagina que vives en un país arrasado no solo por los feminicidios, sino también por un machismo sistémico que lo inunda todo. Y, por imaginar, imagina también que te decides a destapar una red internacional de tráfico sexual de menores en la que estaban implicados muchos hombres poderosos. Cuando decimos poderosos, nos referimos a importantes políticos y empresarios. Destapas ese escándalo y lo reflejas en un libro, Los demonios del Edén.

Ahora, imagina que la policía de tu país te secuestra y tortura por haber destapado ese escándalo. Pues bien, esta historia forma parte nuclear de la biografía de Lydia Cacho, ya que aquel hecho traumático hizo que tuviera que abandonar su amado México para irse a España. Aquella historia delirante y terrible a la vez se convirtió primero en un relato autobiográfico, Memorias de una infamia, y después en obra de teatro, La infamia. Las mujeres que dan vida a la Lydia Cacho de ficción son Marta Nieto y Marina Salas, dos enormes actrices que, por cierto, ganaron ex aequo el premio Max gracias a esta interpretación.

La historia de Lydia Cacho, activista por los derechos humanos, es la de una mujer que mamó feminismo desde que nació. Su madre, Paulette Ribeiro, fue una reputada feminista y psicóloga; ella ha encontrado en el periodismo y la escritura la manera de continuar aquel legado. Fundó en el año 2000 un centro para atender a mujeres, niñas y niños víctimas de violencia doméstica y sexual. En paralelo, comenzó a escribir Los demonios del Edén. El libro se cimienta sobre entrevistas mantenidas con niños y niñas que habían sido objeto de violaciones por hombres poderosos de los que conocían el nombre de pila y la descripción física. Aquellos testimonios, unidos a los datos que iba recabando Lydia, completaron la investigación que se vertió en la mencionada obra.

Ya antes de publicarlo, Lydia recibió, tal como cuenta, advertencias para que no lo publicara. Después la intentaron sobornar con un millón de dólares y una advertencia: morirían ella y su padre si seguía adelante. Y es que en aquella trama había implicados senadores, congresistas, gobernadores, amigos del presidente de México [por aquel entonces, Vicente Fox]. Ella temía por su vida pero, como contó después, estaba en deuda con aquellas niñas y niños que le habían explicado su terrible trauma a cambio de capturar a los malos. Así que asumió el riesgo. Se publicó y, seis meses después, diez policías armados la mantuvieron secuestrada a bordo de un auto durante 1.600 km —desde Cancún hasta la ciudad de Puebla—.

La torturaron y amenazaron de muerte durante algo más de 20 horas. Finalmente pudo contarlo, y vio como aquellos policías se resignaban a devolverla viva. Lydia explica que la policía en aquellos momentos estaba dividida entre agentes honrados, que la protegieron, y otros como los que la secuestraron, vendidos a poderes fácticos que intentaban callarla al precio que fuera. Quien ordenó aquella extorsión que pudo acabar en asesinato fue Jean Succar Kuri, poderoso empresario libanés hoy condenado a más de 100 años de prisión por prostitución y pornografía infantil.

Algunas historias de terror tienen un final feliz… más o menos. Lydia fue acusada de difamación y ganó el juicio y, junto a Kuri, aquellos policías que la secuestraron acabaron en la cárcel. También Mario Marín, gobernador de Puebla (y primer cargo de ese nivel que terminaría encarcelado, cuenta la periodista). Muchos de aquellos niños y niñas violados, en su mayoría, han salido a flote, y bastantes de ellos se han graduado en carreras como Psicología o Trabajo Social, es decir, profesiones orientadas a ayudar a otros. El final no es cien por cien feliz porque no todos aquellos niños, hoy jóvenes, se salvaron de las garras de la prostitución, y no todos los malos están en la cárcel. Y, sobre todo, porque muchas redes de prostitución infantil y de mujeres siguen activas, recordándonos que el mal nunca descansa.

Por La Contraria Puri Ruiz