María Blanchard

La gran pintora del cubismo
María Blanchard
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Nació el mismo año que Pablo Picasso. María Blanchard, pintora española de apellido con resonancias francesas, compartió inquietudes y espacio artístico (París) con él y con el resto de los cubistas. Sin embargo, y aunque goza de una merecidísima fama, está lejos de la de Juan Gris, que fue uno de sus mejores amigos, y de la del mencionado pintor malagueño.

En una época en la que las mujeres estaban relegadas a ser actrices de reparto de sus propias vidas, a María tuvo la suerte de que su familia la animó a formarse como pintora y se trasladó de Santander, su ciudad natal, a Madrid. Enseguida destacó por su manejo del color y su precisión dibujando, cuestiones ambas importantísimas (bien lo saben quienes se dedican a ello). El siguiente salto: París.

Blanchard se formó al llegar en la Academia Vitti. Se trataba de una institución particularmente importante; no solo por su profesorado, en el que se encontraban prestigiosos artistas como Anglada Camarasa o Gauguin, sino por el hecho de que permitían que estudiaran allí mujeres. Estamos hablando de los primeros compases del siglo XX y de los inicios del cubismo. Cuando María puso los pies en la capital del Sena solo hacía dos años que Picasso había pintado Las señoritas de Avignon, la obra que, según los expertos, inaugura aquel movimiento pictórico.

María tuvo en aquellos primeros años de formación parisina varios encuentros que la marcaron. Uno fue con Diego de Rivera, que años más tarde sería la pareja (y la tortura) de Frida Kahlo. A Frida volveremos después. A Rivera lo conoció al finalizar la primera década del siglo XX. En 1919 incluso llegó a compartir apartamento con él y con quien fue su mujer, Angelina Beloff, una gran pintora rusa que trabó amistad con Blanchard.

El colorido del trabajo de Diego de Rivera influyó en la obra de la pintora española. También, y sobre todo, su tiempo de formación junto a otra maestra de pintores, Marie Vassilief, que le supuso entrar en contacto con lo que entonces era la élite de la vanguardia. Allí conoció a los mencionados Picasso y Gris e inició su etapa cubista.

Tenemos que imaginarnos París como el verdadero centro de las tendencias. Allí se congregaban todos los grandes de la época, no solo pintores. Aquel ir y venir de artistas de todo el mundo enriqueció intelectualmente a los que terminarían convirtiéndose en referentes artísticos y literarios de los años venideros.

En aquella ciudad de inspiración desbordante, en aquel tiempo de explosión creativa, fue en el que María Blanchard dio rienda suelta a su imaginación. Donde tuvo espacio en los grandes salones expositivos y también nombre propio. Donde adquirió una relevancia que, si bien no pone en duda ni un solo entendido en arte, no ha salpicado con la misma potencia en su país natal. Blanchard está lejos, muy lejos, de tener el predicamento entre los ciudadanos españoles que sus compañeros masculinos de vanguardia pictórica.

María vivió el resto de sus días en París. Murió joven: a los 51 años, de una tuberculosis. Destruida físicamente en los últimos tiempos, su muerte afectó profundamente a intelectuales como Federico García Lorca, que le dedicó en el Ateneo de Madrid su Elegía a María Blanchard. Atrás dejó una obra colorida, intensa y enriquecedora que continúa deslumbrando a quien se acerca a ella.

He dejado para el final un detalle no menor: María Blanchard nació con una importante desviación de su columna vertebral (desviación al parecer muy obvia visualmente), lo que ha hecho que reciba el sobrenombre de «la Frida Kahlo española», como si tener la espalda destrozada fuera en sí mismo el nexo que las une, como si no hubiera muchos otros lazos invisibles entre dos artistas de su talla.

Hay algo más que me inquieta: no pocas de las biografías que he ido leyendo sobre María dejan caer que perseguía la belleza porque nació con ese problema físico. «Necesidad de transmitir la belleza que a ella le faltaba» y frases similares. Más allá de que sea cierto o no, me sorprende que se le presuponga a ella la necesidad de ser hermosa, que se subraye con tanto interés su cifoescoliosis. Henri de Toulouse-Lautrec tenía una enfermedad en los huesos que le impidió crecer. No he visto escrito en ninguna parte que persiguiera la belleza en las pinturas que hizo porque a él le faltara o que deseara ser más alto, por ejemplo, algo que pudo (o no) crucificarlo en vida, quién sabe. Pero es que un pintor, una pintora, pintan, y persiguen la belleza por el hecho de plasmarla en un lienzo. Y el hecho de compartir belleza con el mundo debería ser lo único reseñable.