María Moliner

La filóloga que desafió a la RAE
María Moliner
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La historia de las mujeres y la RAE se escribe con ausencias femeninas. Ya os contamos una de las más sonadas, la de Emilia Pardo Bazán, que fue rechazada hasta tres veces cuando solicitó entrar en la Academia de la Lengua (y, como sabrás si leíste la entrada, con su ramillete de insultos incluido). Sesenta años después, un grupo de académicos la propuso para convertirse en la primera mujer que ocupara un sillón en la academia. No pudo ser. Lo lograría, ya en democracia y seis años después, Carmen Conde (a quien se le asignó el sillón K). Atrás quedaban los intentos infructuosos de honrar a Moliner como se habría merecido. Pero en la historia de desamor de la RAE hacia ella había mucho machismo, una pizca gorda de complejo de superioridad y toneladas de indignación.

El machismo no hace demasiada falta explicarlo. La RAE se creó en 1713 y en sus más de 300 años de historia no ha visto aún una directora. Aquel año 1972 en que se valoró su propuesta, el elegido para ocupar el sillón B fue Emilio Alarcos Llorach. Por supuesto, ser mujer era uno de los motivos, tal como se ha reconocido tácita o explícitamente después.

El complejo de superioridad también contribuyó a no considerarla digna del sillón. Alegaron, en aquellas deliberaciones, que no era filóloga de formación; la consideraban una intrusa, según una de sus biógrafas, Inmaculada de la Fuente. Se había formado como filóloga y lexicógrafa en su Aragón natal; de hecho, colaboró en aquellos años en la creación del Diccionario aragonés del estudio de filología de Aragón, un trabajo que sentó las bases del que habría de ser el Diccionario de Uso del Español, su gran obra, hoy apreciada por todos los que aman (los que amamos) la lengua.

Y ese diccionario, creado a mano con horas y horas de trabajo (no remunerado) por María Moliner, fue la chispa que encendió la indignación de los académicos. Porque cuestionaba el orden y la estructura del de la propia RAE. Desafiaba la esencia misma del Diccionario de la Real Academia y lo mejoraba añadiendo sinónimos, frases hechas, palabras de nuevo cuño —las que encontraban en los periódicos, porque «allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad»— que la Academia, como ya sabéis, tarda un mundo en integrar; integró las letras «Ll» y «Ch» en la «L» y la «C», respectivamente, algo que la RAE copiaría casi 30 años después.

Para conseguirlo, le quitó horas a su tiempo libre. Ella, una defensora de la cultura como vehículo de mejora de la sociedad, trabajó como bibliotecaria y archivera y, fuera de ese horario laboral, se sentaba en su mesa de trabajo y le dedicaba todo el tiempo que podía a desarrollar el diccionario que anidaba en su cabeza desde que su hijo le llevó en 1952 el Learner’s Dictionary of Current English, de A. S. Hornby, editado cuatro años antes. Ya llevaba tiempo anotando palabras y computando deficiencias del DRAE, así que se puso manos a la obra para crear un «pequeño diccionario» al que destinaría «dos añitos» que terminaron siendo quince.

Un detalle que recordaba su nieta, Genoveva Pitarch, es que María Moliner no trabajaba encerrada en un despacho: lo hacía en el salón, rodeada de su familia. Pitarch recuerda cómo ella y el resto de los pequeños correteaban alrededor de la filóloga y ella, con una enorme capacidad de concentración, lograba abstraerse y seguir rellenando sus fichas. Así logró que se publicaran, en 1967, los dos volúmenes de un diccionario que han elogiado decenas de intelectuales, desde Fernando Savater hasta Gabriel García Márquez.

María Moliner fue, en definitiva, una amante de las palabras que se consagró en cuerpo y alma a una obra inmensa y moderna que hoy sigue vigente. Y a lo mejor por eso, o ni más ni menos que por eso, no estaba bien vista por los ilustres académicos que, quizá conscientes de su patinazo, decidieron otorgarle el premio Lorenzo Nieto López «por sus trabajos en pro de la lengua» un año después de la negativa. Ella lo rechazó. Consciente como fue siempre de que jamás la aceptarían en la RAE, siempre dijo abiertamente que sus méritos profesionales se ceñían al diccionario; sin embargo, añadió: «Pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ‘¡Pero y ese hombre cómo no está en la Academia!’».

Por La Contraria Puri Ruiz