María Teresa Fernández de la Vega

La mujer que encarnó la paridad
María Teresa Fernández de la Vega
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Situémonos. Año 2004: se celebran elecciones en un ambiente de duelo, después de un atentado que ha segado la vida de 193 personas. De aquellas elecciones surge un gobierno socialista moderadamente sólido, de los de cuando no había que hacer coaliciones ni equilibrios, de esos que el bipartidismo añora. Nuestra democracia es jovencísima, apenas una licenciada universitaria buscando su primer trabajo en precario. Sin embargo, aquel Gobierno de 2004 vino dispuesto a cambiar muchas cosas. Una de ellas, la paridad en los ministerios. Y aquella paridad la encarnó María Teresa Fernández de la Vega.

María Teresa, magistrada de formación, fue la primera mujer vicepresidenta del Gobierno. También fue portavoz del mismo y ministra de la Presidencia. En realidad, no era su primera vez en un cargo de responsabilidad dentro de un ministerio: ya había sido secretaria de Estado de Justicia durante los dos últimos años de gobierno de Felipe González. De hecho, participó en la instrucción de los sumarios de los GAL y del caso Roldán, dos de las chinas en el zapato más molestas, por decirlo con suavidad, de aquel periodo. Sin embargo, su gran momento llegó en este siglo nuestro.

Fernández de la Vega es menuda; paradójicamente, no proyecta en absoluto imagen de fragilidad. Más bien al contrario: su presencia llenaba el espacio cada vez que comparecía ante los medios. Pero si hay algo que transmite, desde su primera aparición pública hasta la última, es feminismo. En 1984 ya formaba parte del Consejo Rector del Instituto de la Mujer, un organismo creado por el PSOE en 1983. Pero quizá lo que mejor ilustra su activismo es esta anécdota que le contó en 2007 a Juan José Millás: al poco tiempo de tomar posesión de sus cargos en 2004, se convirtió en la primera mujer en presidir un Consejo de Ministros. Al tomar conciencia de aquel hecho histórico, invitó a todas las mujeres de Moncloa a tomar un vino, desde ujieres hasta altos cargos, para celebrarlo.

¿Cómo brota el feminismo en una mujer nacida bajo la dictadura franquista, que vivió las injusticias de aquel régimen durante más de un cuarto de siglo? Fácil: porque hubo un tiempo, queridas contrarias, en el que ser de ideología progresista no estaba reñido con el machismo (como si esto hubiera cambiado, ja, ja, ja). Y María Teresa —cuyo padre era un represaliado del franquismo, rehabilitado en su puesto de inspector de trabajo casi ya en las postrimerías de la dictadura— tuvo que ver cómo su hermano se iba a estudiar fuera mientras a ella se le vetaba esa posibilidad; tuvo que hacer la cama de su hermano por el mero hecho de ser mujer; tuvo, en definitiva, que soportar todos aquellos clichés que componían la sociedad de los sesenta y setenta a pesar de romper, a lo largo de su vida, no pocos techos de cristal.

Tenía de quien aprender: una hermana de su padre se convirtió, junto con su gemela, en la primera mujer en estudiar Medicina en Santiago. Aquella mujer que, en palabras de Fernández de la Vega, “ejerció la medicina y la soltería”, fue un ejemplo de vida para ella, que también ha ejercido la soltería con particular desenfado. Ni se arrepiente ni lo siente como un vacío, sino como una elección. Una elección que le permitió, por ejemplo, independizarse y marcharse a vivir a Barcelona tras ganar unas oposiciones. Ojo, que hablamos de 1974, aún bajo la dictadura. Esto, en una sociedad que todavía hoy nos quiere casadas y con hijos, podrá ser un pequeño paso para la mujer, pero un paso de giganta para el feminismo.

En 2010 terminó su periplo en primera línea de la política. La crisis económica de 2008, la gran crisis del siglo XXI de no ser por esta pandemia que nos dejó a todas silbando y mirando al techo, se llevó por delante gran parte de aquella paridad que tanto emocionó a media España y escoció a la otra media. De nuevo, el dinero en el centro, desplazando a las mujeres. Un cliché. 

María Teresa se marchó como vino: sin hacer ruido. Que el ruido, ojo con esto, no tiene por qué descalificar las buenas acciones de ninguna política. Pero ella es así. Pasó a formar parte del Consejo de Estado, fue nombrada presidenta de este órgano en 2018 y en octubre del pasado año dimitió del cargo. Posee un currículum que sería la envidia de cualquiera; incluso los diarios más tradicionalistas la recuerdan hoy con respeto y arrobo, algo habitual cada vez que una mujer progresista deja de ejercer. Sin embargo, y dejo esta última frase para la reflexión y el resoplido, no pocos medios de comunicación destacan de ella, cada vez que pueden, que una vez se estiró la piel del rostro.

Por La Contraria Puri Ruiz