Oti Corona (La Crono)

Oti Corona
«Hombres feministas hay muy poquitos; a los que no se definen como tales al menos los veo venir»
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Quien conozca a La Crono de la red social que se compró Elon Musk sabrá que es una de las voces más leídas del feminismo, aunque ella se empeñe en decir que solo es «una señora que tiene una cuenta en Twitter». Más allá de su visibilidad en redes sociales, Oti Corona (su verdadero nombre) ha publicado un libro de cuentos: Fatal, gracias. Cuando charlamos no hace ni un mes de su salida al mercado y me confiesa estar impresionada por la gran acogida. Me he leído la mitad de sus cuentos cuando hablamos y termino otros antes de publicar la entrevista. Sin avanzar tramas, os diré que merecen muchísimo la pena y que algunos te siguen acompañando días después de haberlos leído.

Antes de empezar, necesito saber: ¿cuántos tigretones han desaparecido en casa esta semana? ¿Te duele la barriga?

Es mentira, en mi casa nunca hay tigretones. Eso se lo inventa una señora de Twitter [bromea]. Ahora, también te digo que cuando escribo como más de lo normal y escribiendo el libro he engordado dos kilos…

Te voy a confesar que mientras preparaba esta entrevista se me fue el santo al cielo y se me achicharró la comida que tenía en el horno [la referencia está en ‘Fatal, gracias’]… Menos mal que no había un Francisco por ahí molestando. ¿Hay muchos Franciscos en tu entorno laboral?

Tengo mucha suerte, porque trabajo en un entorno feminizado [Oti es docente] y aun así, como los tenemos sobrevalorados, algunos me encuentro. Francisco, lo que se dice Francisco, no, pero actitudes de machito sobrado sí que veo.

Siempre has escrito (en redes, en medios de comunicación), y el feminismo suele atravesarlo todo en cualquiera de tus narraciones, también en muchas de tu nuevo libro. Si yo tuviera que decir en qué momento se me encendió el pilotito del feminismo fue cuando promocionaron a un compañero en lugar de a mí, con bastante menos tiempo en la empresa pero muchas más cañas con los jefes. ¿Cuál sería el tuyo, si es que hay uno? 

Yo crecí en una familia con un padre muy tradicional, así que desde pequeña yo ya me peleaba por estas cosas; por hacer, por ejemplo, el trabajo que no hacían mis primos o mi hermano. Y luego, en paralelo, en aquellos años se hablaba mal de las mujeres feministas. Sin embargo, yo pensaba: «Pero si lo que dicen tiene todo el sentido». Después, cuando fui a la universidad, tomé conciencia teórica del feminismo, porque la conciencia práctica ya la tenía. Había una estantería entera en la biblioteca de la facultad dedicada al feminismo, y ponía en palabras lo que yo pensaba.

En Fatal, gracias hay cuentos para todos los gustos y en todos los tonos. Pero me ha sorprendido cómo manejas los códigos de la religión católica en el cuento que inaugura el libro, ‘Ahí te pudras’. Sin destripar nada, porque se trata de leerlo, ¿había ganas de ajustar cuentas con la educación religiosa?

Recibí educación religiosa, con las monjas, solo cuatro años. Pero también di catequesis, Además, por entonces yo era muy creyente y me llamaba mucho la atención todo lo que tenía que ver con la fe, lo espiritual… Ahora, te confieso que del colegio de monjas, si pongo todo lo de aquellos años en una balanza —sus mensajes antiabortistas, hablar abiertamente en clase de que la homosexualidad era pecado, etcétera—, tengo buen recuerdo de aquellas mujeres. No eran mala gente. Y todos aquellos mensajes negativos se siguen dando en los colegios religiosos: lo hemos visto hace poco con la charla de VOX en un colegio [en un acto organizado por la Comunidad Valenciana en un centro concertado se ha adoctrinado a alumnos de Secundaria con mensajes antiabortistas]. Te educan mucho en la culpa; de todos modos, con todo esto me he reconciliado, porque al final haces tu propio proceso de maduración personal. Lo que más me molesta es el tema del perdón: te lo enseñan como una cosa muy ligera, y es un proceso muy serio, y a lo largo de la vida hay cosas que no se pueden perdonar, como los abusos a menores: de eso va precisamente el cuento.

Otro cuento también en esa línea es La parábola del padre pródigo, donde directamente escoges una estructura de narración bíblica para contar una historia de la que no quiero contar nada porque es tan divertida como desesperanzadora. ¿Cuántos padres pródigos has conocido?

He conocido gente de mi edad cuyo padre se ha ido y no ha vuelto o ha vuelto cuando le ha convenido. El arrepentimiento no existe, siempre es un mal negocio. Está basado en la parábola del hijo pródigo del Nuevo Testamento y a mí me daba mucha rabia aquella historia. Pensaba: «A ver, señores de la Biblia, un hijo se larga, se gasta una fortuna ¿y el padre le trata mejor que al que está siempre en casa?». El otro hijo se lo recrimina, y con razón, porque una cosa es que te alegres y otra es que lo trates mejor que al bueno. En la vida real, a muchos de esos hombres, cuando vuelven, los reciben con los brazos abiertos y, bueno, pasa lo que pasa en el cuento.

Un relato que me ha encantado por los diferentes puntos de vista y por la sorna que te gastas que es Una cena para quedar bien. Transita por esas historias de hombres que cuentas a veces en las redes, hombres que realmente están convencidos de que son feministas irredentos. ¿Hay más hombres feministas o más hombres tirando a machistas convencidos de que son feministas?

Como curiosidad, te diré que este cuento lo escribí cuando me acababa de casar, y llevo casada 25 años. Conocí recién casada a varias parejas y, casualmente, todos eran un poquito mayores que yo. Era gente con estudios; todas las mujeres trabajaban fuera de casa, y me sorprendió ese machismo: los hombres hacían cosas. Una mujer te contaba que su marido había estado doblando la ropa en silencio, y yo, alucinada de que eso le pareciera el colmo de la igualdad.

Feministas hay muy poquitos, y los que lo son rara vez hablan de teoría feminista. Más bien hablan en plural de cosas por las que pasa la mujer: que si estamos embarazados, que si lactamos… Luego, llegan sus ex y te dicen: «Mucho cuidado con este, que no es como dice ser». Conozco a hombres que han hecho una evolución; la sociedad ha cambiado y los que han ido cambiando ha sido porque ha habido una mujer que ha gastado sus recursos en educarlo. Si no hay nadie que le diga nada, el hombre se acomoda a los privilegios de los que goza, ¡porque se vive superbién! Dicho lo cual, prefiero un hombre con determinados [subraya esta palabra] comportamientos machistas a un hombre que dice de sí mismo que es muy feminista; al primero, al menos, lo veo venir.

La mayoría de tus cuentos hablan de mujeres. De las que no llegan a fin de mes, de las que han quedado relegadas al espacio doméstico, de las que tienen miedo de noche, de las que sufren con los signos de la menopausia. ¿A cuál de ellas le has cogido más cariño?

A mí, las más gamberras son las que mejor me caen. Por ejemplo, la de La red invisible es un personaje abominable. La de Inmunes me cae muy bien, porque es un «iros a la mierda total». [Y, al hilo de esta última, reflexiona]: He trabajado mucho en contextos socioeconómicos muy bajos, y lo que se exige a la gente pobre no es normal: como si tuvieran que demostrar que son pobres constantemente, como si nunca pudieran darse un capricho. También me cae muy bien la del último cuento, Maikué de Sencrala; en definitiva, las que de alguna manera tienen comportamientos que en la vida real no se les permitiría, aunque sí a un hombre. ¡Es tan cansado todo lo que se te exige cuando eres madre! Alguno de esos cuentos lo que deja entrever es un «déjame que sea mala».

Catorce relatos de ficción, pero en todos se te transparenta muchísimo la realidad, Oti. ¿Eres consciente de ello?

Sí, es que están basados en la realidad. El valor de una opinión, por ejemplo, está basado en un hecho real. A una persona a la que conocíamos se le quemó la casa, y nos organizamos para vender cosas —bocadillos, artesanía…— y darle lo recaudado. Recuerdo que llegamos a aquella especie de mercadillo con mucho frío. Las niñas eran pequeñitas, y había algún hombre, como mi marido. Otro de los pocos hombres que había se paseaba dando consejos con las manos en los bolsillos, sin hacer nada. Entonces llegó hasta mí, que estaba preparando sándwiches, y me recriminó el no tener preparados algunos antes de empezar a vender.

Aquí intercambiamos Oti y yo algunos improperios y cosas que le haríamos a semejante personajo que no reproduciré por respeto a la gente a la que no le gustan mucho los improperios.

En pocos años te has convertido en una de las voces más leídas del feminismo en redes sociales. Cuentas historias cotidianas, de esas que todas hemos presenciado o vivido, pero las expones para que veamos lo que está estropeado en esa cotidianidad, lo que nos pasa inadvertido. ¿Te ha llegado algún mensaje privado de una mujer que te ha dicho algo así como «gracias, me has abierto los ojos»?

Sí, un montón. Y me da un poco de cosa, porque fue en muy poco tiempo: yo tenía cuenta Twitter desde 2011, pero no empecé a usarla hasta 2016. Yo soy muy charlatana, pero en ningún momento me habría imaginado que tendría esa visibilidad. Y sí, ha habido muchas mujeres en estos años que me han dicho, por ejemplo, que a raíz de hilos como el del manual de la perfecta casada 2.0 han descubierto que sus parejas les robaban el tiempo o el espacio. Me da reparo, ¡solo soy una señora con una cuenta de Twitter! Pero lo que venía a decir es que nadie tiene derecho a tratarte como si fueras un mocho.

También expones los machismos en los espacios de trabajo: ese jeta que se aprovecha de la idea de una mujer y la hace suya, el que hace como que trabaja pero se ausenta en los momentos críticos, el gracioso al que hay que reírle los chistes rancios… Sin embargo, en tu libro hay, o así lo he percibido, mucho más foco en mujeres geniales que en hombres insufribles, ¿no? ¿Ha salido así o has buscado ese foco adrede?

¿De verdad te lo parece? No, no ha sido consciente. El machismo está siempre ahí y el protagonismo lo tiene que tener la mujer que se mueve en este sistema. A veces vence ella y a veces se rinde a ese sietema. En mis cuentos salen hombres de todo tipo. Por ejemplo, el abuelo de Una lección de dignidad le cede el protagonismo a su nieta.

Terminamos. ¿Qué te viene a la cabeza cuando escuchas o lees «Charo» como insulto?

Que son muy gilipollas. Que son gente con un entorno vital muy limitado, sin experiencias, que no han conocido muchas mujeres en su vida. ¿Es malo ser una mujer de 50 años? ¿Qué tiene de malo ser una mujer de 50 años? Me da pena esa falta de criterio, pero más pena me dan las mujeres que tienen cerca. Ese tipo de hombres tienen miedo de que discutamos con ellos porque no saben debatir contigo. Por eso quieren que nos callemos.

Por La Contraria Puri Ruiz