Paquita la del Barrio

El dolor hecho ranchera
Paquita la del Barrio
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Nombrar a Paquita la del Barrio y que suene en tu cabeza, en cascada, la retahíla de insultos maravillosos de Rata de dos patas, es todo uno. ¿Quién no ha cantado a voz en cuello este temarral después de una ruptura o durante una crisis? Sin embargo, y aunque fue la canción que elevó el rencor a la categoría de arte y a Paquita a los altares de la gloria, no lo escribió ella. Poco importa a estas alturas que el autor fuera Manuel Eduardo Toscano, porque Francisca Viveros —su verdadero nombre— lo hizo suyo y suyo será por los restos. Razones no le faltaban.

Se comenta que la canción se la venía dedicando a quien, por otra parte, fue su gran amor, Alfonso Martínez. Con él se casó en segundas nupcias cuando su carrera como cantante comenzaba a arrancar. Había formado junto a su hermana un dúo, Las Golondrinas, y en uno de los primeros escenarios que pisaron conoció a Alfonso. Y, de nuevo, un hombre le rompió el corazón. No era la primera vez.

Una vida, varias ratas

En la biografía de Paquita las cifras bailan. Hay fechas que no cuadran, tiempos que no encajan. Quedémonos con lo esencial: a los 16 años, y esto sí lo explicó ella misma, conoció a un hombre mucho mayor que ella. En algunos sitios leeréis que 18 años mayor; en otros, que 30. Tanto da que sean 34 como 44: al otro lado había una adolescente. La relación se prolongó por siete años. Para cuando quiso saber que aquel hombre, Miguel Gerardo Martínez, llevaba una doble vida y tenía otra mujer e hijos, ya era tarde. Fue dos veces madre con él antes de abandonarlo. Antes, quedó embarazada de nuevo, esta vez de gemelos. Ambos murieron, con horas de diferencia, dos semanas después que la madre de Paquita, nada más nacer.

Después de aquella cadena de tragedias, conoció a Alfonso, con quien se casó. Después de un largo matrimonio descubrió que tenía una amante y una hija de 12 años. La historia, sin repetirse, se parecía demasiado a la anterior. Llegaron a separarse, aunque no supo arrancárselo de dentro y lo ha llegado a describir como el hombre de su vida. Ese día en que descubrió el engaño, a plena luz del día, cerró para siempre las puertas al amor.

Confiesa que lo perdonó antes de que él muriera, en el año 2001, como explicó en una entrevista concedida en México al presentador Gustavo Adolfo Infante, pero también se lamenta de lo poco que apuestan los hombres, al menos los que pasaron por su vida, por sus relaciones.

Una canción para dominarlas a todas

Sin embargo, aún quedaba por escribir el capítulo más importante de su biografía: la canción que le hizo dar la vuelta al mundo. Rata de dos patas es una reivindicación del despecho, del derecho a la pataleta que todos tenemos cuando nos destrozan el alma; es la sublimación de la ranchera, a la que llega a trascender; el lado tortuoso y oscuro del Corazón partío de Alejandro Sanz, escrita siete años antes —Sanz la sacó en 1997 y Rata de dos patas es de 2004—.

Es injusto que se la reconozca solo por un tema, porque Paquita tiene decenas de álbumes (46, si no nos fallan las cuentas), tres nominaciones a los Grammy, un Billboard. Y todo en una carrera relativamente corta, dado que comenzó a publicar discos en los años noventa. Los títulos de algunos de ellos riman con su icónica canción: Bórrate, ¿Me estás oyendo, inútil?, No me amenaces, Llorarás. No se puede negar que la veracrucense tiene imán para hacer música con lo que más lastima.

Paquita canta con una tesitura grave y sumida en el dolor, algo que extraña mucho menos ahora que conocemos, siquiera a trazos, algunos de los episodios más trágicos de su vida. A ratos puede recordar a Chavela Vargas no tanto por la textura de su voz como por la ira y el tormento que destilan cuando cantan.

También porque, como Chavela, conoció el éxito internacional a esa edad en la que una no suele esperar sorpresas bonitas por parte de la vida: Paquita recogió los frutos de su empeño en ser artista a los 57 años; Chavela, a los 75. Algo que nos recuerda una hermosa lección: nunca hay que cerrarle la puerta al destino antes de tiempo.

Por La Contraria Puri Ruiz