Rigoberta Menchú

Si hay una activista indígena que ha traspasado todas las fronteras, es ella
Rigoberta Menchú
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Es chiquita y sigue sonriendo; quizá menos que cuando la conocimos en los primeros noventa, pero no ha perdido un ápice de optimismo porque es alguien que cree profundamente en lo que defiende. Aprendió el español, sobre todo, para poder defender sus derechos ante el opresor con el que había convivido. No solo ella: su historia es la historia de un país y de un pueblo que en realidad es la de muchos países y muchos pueblos. Si hay una activista indígena que ha traspasado todas las fronteras, esa es Rigoberta Menchú. 

Así nació su conciencia

Para entender Latinoamérica partiendo de cero, encuentro imprescindible recomendar Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Es la mejor manera de entrar directamente en el contexto de una Guatemala saqueada por los foráneos. Fuera de todo derecho y privilegio quedaban, también, los indios quichés, como Rigoberta, que relata que a los 5 años de edad —recién comenzada una guerra civil que habría de durar 36 años—ya se dejaba la piel en las plantaciones de café. Ella y su familia trabajaban en las fincas de los terratenientes ladinos (guatemaltecos de ascendencia española) ocho meses al año. 

Explicar las iniquidades a las que fueron sometidos ella y su familia no caben en esta reseña. Resiliencia es una palabra que se queda muy corta. Si para entender América Latina hay que leer a Galeano, para entender Guatemala es recomendable su autobiografía, Soy Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. En torno a este libro hay mucha controversia: hay partes inexactas, mal recogidas o directamente falsas, pero muestra numerosas realidades que sí fueron, aunque algunas no sucedieran en el entorno de la protagonista. Campesinos que morían de malnutrición o destruidos por ser constantemente rociados por pesticidas mientras trabajaban en las plantaciones. Un padre y un primo quemados vivos en la embajada española durante la masacre que interrumpió las relaciones diplomáticas entre los dos países. Una madre secuestrada, violada y asesinada. Un hermano muerto y desaparecido. 

Como la propia Elizabeth Burgos (escritora del mencionado libro) asegura, la de Menchú es una cultura basada en la tradición oral, donde la historia tiene un carácter colectivo y donde su voz se alzó, se alza todavía, para reivindicar los derechos de la población indígena. Sobre la polémica de qué es verdad y qué mentira en su vida se han levantado algunas voces desde que ganó el Nobel de la Paz en 1992, que también han exagerado datos: por ejemplo, el de su presunto paso por un colegio privado —suena a algo como muy de la élite— fueron en realidad tres años en una pequeña escuela. Que su hermano muriera a balazos para ser abandonado en cualquier fosa o quemado y despedazado (versiones, respectivamente, del antropólogo David Stoll y de la propia Menchú) no le quita peso al hecho de que Rigoberta proviene de una colectividad arrasada, destrozada, aniquilada, mutilada, silenciada

Este mundo no va a cambiar a menos que…

Ser mujer ya te sitúa unos cuantos pasos por detrás en la carrera que es la vida; ser mujer e indígena, un trecho bastante más grande. Que Rigoberta pusiera un altavoz a sus vivencias, a las de los mayas quiché de Guatemala, para convertirse en la voz de un pueblo y que Oslo la premiara por ello —fue la primera indígena y también la persona más joven en recibirlo—, es algo que parece que se le atragantó a más de uno. Hay personajes incómodos: el Vaticano no celebró precisamente los Nobel de Literatura de Dario Fo o José Saramago, por poner otro ejemplo. No en vano, quien más agitó el odio contra Menchú fue Ben Horowitz, un neocón que se dedica a perseguir a personas de izquierdas en su web; un poco como Javier Negre en España, pero con perilla.

La activista continúa dando a conocer su cultura, reivindicando una democracia plena para su país, participando en foros académicos, luchando contra la discriminación de los pueblos indígenas. Dando voz a los nadies, a quienes habitaron esa tierra antes que los demás y fueron despojados de todo. La de Menchú es una presencia imprescindible, la que más y mejor nos ha enseñado a muchas, a miles de kilómetros, una realidad poco conocida. Poner en entredicho matices de su biografía cuando de lo que se habla es de millones de oprimidos es una perversa sinécdoque que jamás debería enterrar una realidad mucho más grande. La luz que emite Rigoberta no puede taparse con la yema del dedo índice.

Las cosas de Rigoberta:

Por La Contraria Puri Ruiz