Rosa María Calaf

Rosa María Calaf
«Desde que las mujeres están en el frente se habla más de la cotidianidad de un país en guerra que del campo de batalla» «Una manera de frenar avances en las democracias es desacreditar, porque no puedes prohibir»
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Mira, si no lo digo, reviento. Yo estudié Periodismo por dos mujeres: la Sarmiento y la Calaf. Quería ser corresponsal de guerra. Luego, como la de los Balcanes estalló en mi último año de carrera, se me fue pasando. Aquella guerra fue la primera que se mostró en riguroso directo, como si de un reality se tratara, y supe que no estaba hecha de esa pasta. Se me pasó el espíritu aventurero, sí; pero no mi admiración por estas dos mujeres. Al contrario. Más ahora, cuando me cuenta que forma parte de la fundación HelpAge, que lucha por los derechos de las personas mayores, por un envejecimiento activo y por reclamar su espacio: «No queremos que se nos arrincone; queremos ayudar a las personas a tener un final digno, no a convertirlas en carne de covid», bromea.

Hace un calor de mil demonios el día que charlo con Rosa María, y acaba de terminar el Mundial de Fútbol de Australia. Ya sabéis lo que pasó, así que me ahorro daros detalles sobre los desagradables acontecimientos. Pero ¿cómo no sacar el tema ante una mujer que lleva ejerciendo el feminismo activo desde la dictadura franquista?

La entrevista no iba a empezar así, Rosa María, pero necesito conocer tu opinión sobre lo sucedido con las campeonas del Mundial de Fútbol y con la actuación de Luis Rubiales. 

Estoy de vacaciones e intento desconectar, pero de lo que he ido enterándome…, pues qué te voy a decir. Más de lo mismo. Que cueste siempre tantísimo reconocer el talento y la importancia de la mujer… Si me llegan a decir que en pleno siglo XXI tendríamos que estar defendiendo la igualdad de género, que estaríamos viendo la intolerable actuación de todo un presidente de la RFEF, no me lo habría creído a estas alturas. Y me duele muchísimo, porque hemos avanzado tremendamente desde que yo empecé en el feminismo.

Hay que poner en contexto a Rosa María Calaf. Lleva en activo desde 1970. Ha recorrido el mundo y sigue haciéndolo. Estudió Periodismo, Derecho y Ciencias Políticas. Con TVE ha sido enviada especial y después corresponsal por medio mundo. Pidió una excedencia de dos años para montar TV3. Ha cubierto conflictos, nombramientos de jefes de Estado o grandes eventos deportivos en más de 160 países. Ha ganado un Ondas, el Premio Nacional de Periodismo de Cataluña o el José Couso de Libertad de prensa, entre otros. Y, a pesar de todo ello, siente que siempre ha tenido que demostrar su valía. 

¿Qué papel tenía la mujer en la sociedad cuando empezaste en el periodismo y cuál tiene ahora? 

La principal es que hoy la mujer ocupa puestos relevantes. Y que reaccionamos a situaciones como la sucedida con la selección española de fútbol femenino. Esta reacción no habría existido cuando yo empecé, y la esfera pública la ocupaban los hombres. Cualquier actividad con repercusión se consideraba masculina, y las mujeres que ocupábamos puestos «de hombres» éramos vistas como intrusas. Pero sigo percibiendo ese escrutinio en todo lo que hacemos. Es un escrutinio malintencionado, que busca la falla, el error. Gente que se pregunta cómo habrá llegado una mujer a ocupar un determinado puesto. Antes era más evidente y ahora más sutil, pero sigue habiendo una parte de la sociedad que discrimina por género, aunque no se atreva a decirlo abiertamente. Es decir, han cambiado las formas, pero no el fondo: seguimos teniendo que demostrar nuestra capacidad.

Rosa María no solo ha tenido que demostrarlo sino que, en cierto modo, tuvo que inventarse un personaje para transmitir credibilidad, como ella misma aseguró tiempo atrás: su pelo rojo y su mechón plata en la frente, idea de Llongueras, la convirtieron en alguien reconocible al primer vistazo. También se enorgullece de ejercer el feminismo desde los años 60. «Defiendo la igualdad de género, los derechos humanos, no que nadie esté por encima de nadie; esta es una lucha que debemos seguir manteniendo, pero en la que cabemos todos», precisa. 

Tuviste la suerte de ser tratada igual que tu hermano en tu entorno familiar, algo extraordinario no entonces, sino incluso hoy. Pero luego había que salir a la calle, Rosa María, y en la calle el machismo estaba ahí, ocupándolo todo. ¿Cómo te enfrentaste a ese choque entre tu familia, un entorno seguro, y el exterior?

Para empezar, no podría haber hecho lo que hice, que es más de lo que imaginé, dadas las circunstancias, gracias a mi familia. Ellos me prepararon para lo que había fuera: me explicaron que lo que yo hacía no era lo habitual, y que por tanto yo tenía que defenderlo, que ganármelo. Mi abuelo, que era el gran viajero de mi familia, me contaba historias de personas reales y me explicaba las diferencias que había entre mi realidad y la del resto de la gente en cuanto a libertad personal. Luego estaba el apoyo que me dieron. Porque no tuve nada que me frenara. Por ejemplo, hice un viaje en autoestop de los 17 a los 18 años por Europa [hablamos del verano de 1963]. Eso era algo impensable visto desde la óptica de aquella sociedad española. Los amigos de mis padres no entendían que me dejaran hacer aquello, pero mi familia confiaba en mí y sabía que tenía que aprender a funcionar sola.

Comenzaste a trabajar en TVE en Barcelona en 1970, cuando todo estaba por hacer para nosotras en esta profesión. Ni siquiera se contaba con baños para las mujeres en los estudios…

Les pasó a más mujeres de mi generación. Había mujeres como Carmen Sarmiento o Elena Martí en Madrid [no había muchas más], pero es que los estudios de Barcelona eran muy pequeños. Solo había baños de mujeres en la planta de abajo, donde estaban las maquilladoras, y en dirección, porque los jefes tenían secretarias. 

Después has sido corresponsal durante 24 años. Has estado en Nueva York, Buenos Aires, Roma, Viena. Abriste la corresponsalía de Moscú, estuviste en las de Hong Kong y Pekín. Estaban tus crónicas, pero luego había que vivir en esos lugares. En algunos, imagino, notarías un trato especialmente discriminatorio por ser mujer.

Es difícil determinarlo. Una cosa es el lugar en el que estaba la corresponsalía y otros los sitios a los que me desplazaba. Los peores lugares para las mujeres eran los más integristas. Por ejemplo, cuando Jomeini llegó al poder a Irán [en el año 1979] me fue casi imposible cubrir aquello, y aquí tengo que romper una lanza a favor de TVE. Informe Semanal [programa informativo para el que trabajaba entonces] fue muy innovador, tuvo una importancia extraordinaria para el cambio social en España y, aunque la embajada no me quería dar el visado para ir a Teherán, pelearon por que me lo concedieran. Pero aparte de lugares como Irán, hay otros de los que no te esperas tanto machismo, como Japón. Es un país muy avanzado en lo tecnológico, pero extraordinariamente patriarcal. En la Casa Imperial había zonas en las que jamás había estado una japonesa y pretendían prohibirnos la entrada a las extranjeras. Por otra parte, en Latinoamérica o en la Unión Soviética percibí cierta condescendencia, cierto paternalismo. Pero eso terminó siendo una ventaja. En la URSS no podías traspasar el ámbito de las mujeres; sin embargo, allí era donde te enterabas de lo que sucedía realmente, porque el ámbito masculino era esencialmente oficialista. 

Ese trato a la mujer como ciudadana de segunda lo volvemos a percibir en esta ola reaccionaria que se ha extendido por el mundo.

Es un patrón: cuando hay un avance general en derechos, sean del tipo que sean, hay una contraofensiva, intento de vuelta hacia atrás. Una manera de frenar avances en las democracias es desacreditar, porque no puedes prohibir… ¡Al menos, de momento! Es el clásico «divide y vencerás». Actualmente hay una gran inversión en desinformación y en socavar los logros conseguidos en derechos. Parece que hay más interés en desinformar, algo que va contra el periodismo independiente y el activismo. No hemos sabido contrarrestar esa contraofensiva que debilita un mensaje. 

¿Pesimista u optimista en este asunto?

Yo soy de natural optimista, porque no podría haber surfeado todas las situaciones hostiles a las que me he enfrentado. Hay veces que pienso que estamos muy mal y que vamos a un colapso, pero luego pienso que estamos mejor ahora que hace cincuenta años, que cien, que doscientos. Solo tenemos que saber usar la tecnología, que es la mejor herramienta que existe: hemos de exigir que se use en positivo. Y además, debemos tener dudas y no montarnos en la certeza. Dudar nos permite avanzar y no ser dogmáticos, explorar. Por otra parte, hace falta una nueva revolución humanista que ponga de nuevo a la persona en el centro y desplace a la economía.

Volviendo a tu profesión, has cubierto conflictos internacionales. Entre ellos, el genocidio de Timor Oriental. [Rosa María ha confesado en ocasiones que es uno de los lugares en los que más temió por su vida]. ¿De qué manera cubre una mujer las guerras y qué aporta nuestra visión?

La materia informativa es la misma. El rigor, la independencia y la honestidad existen por igual para hombres y mujeres. No creo que haya una crónica mejor de mujeres o de hombres, pero sí es cierto que, desde que las mujeres están en los frentes informando, en algunos lugares en mayor proporción que los hombres, se ha tendido más a la humanización de los conflictos. No se habla solo del campo de batalla, sino de cómo se sustenta la cotidianidad en un país en guerra. El hecho de que las mujeres estén en el frente aporta una visión informativa más completa. 

Rosa María Calaf en Sudan

Desde 2008, en que tuviste que dejar TVE, vives el periodismo desde otra perspectiva: sin dejar de viajar, dando charlas por medio mundo. ¿Qué te llevas de esta segunda etapa profesional?

Pues no puedo más que dar las gracias, porque me vuelvo a sentir una absoluta privilegiada. Me puedo permitir hacer otro aspecto del periodismo: la defensa del periodismo comprometido. Y aquí es importante recordar que siempre ha habido buen y mal periodismo. Siempre ha habido voluntad de injerencia y de manipulación. Lo que pasa es que hoy el mal uso de la tecnología permite que se pueda hacer todo lo que no se debe hacer. Los que tenemos el privilegio de que nos den espacios para alertar, para dar las claves de cómo se debe producir la información, tenemos la obligación de hacerlo. Ahora hago las dos cosas que más me gustan, que son el periodismo y viajar. Y aquí tengo el espacio para llamar la atención sobre la importancia de la libertad. Pero de la libertad de verdad: con mayúsculas.

Por La Contraria Puri Ruiz