Señores que explican cosas

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Seguro que todas las que conducís un coche habéis sufrido al señor que decide ponerse detrás a explicaros cómo encajar el vehículo dentro de la plaza (llamémosle mansparker). Da igual que lo estuvierais haciendo perfectamente. Da igual si tenéis más pericia que ellos, si metéis una berlina familiar en el tacón de Lola Flores o si sois conductoras de autobuses: sienten el deseo frenético de explicarnos cómo aparcar cuando ven que estamos al volante. No lo pueden evitar, es superior a ellos.

De entre las muchas historias que me quedan por narrar a mi psicóloga está la que sigue: un día, aparcando mi coche en la puerta de la casa de mi madre, un señor se colocó detrás para darme instrucciones. Pasaba por allí y, no sé, le pareció oportuno ocupar su tiempo en desquiciarme en lugar de tomarse una caña o continuar su paseo. Mi acompañante, a quien aún hoy tengo por un buen aliado, tiró de corporativismo masculino cuando protesté por la asesoría no solicitada. “Mujer, lo hace con intención de ayudar, cómo te pones”.

El mansparking es solo una de las muchas manifestaciones del mansplaining. En general, cualquier pulsión explicativa masculina suele ir acompañada de un tonito condescendiente; a veces, incluso, te hablan despacio, como si fueras lela o tuvieras 3 años y estuvieras en pleno proceso de desarrollo cognitivo. Mi versión favorita del señor que explica cosas es esa en la que el individuo en cuestión baja un poquito el volumen, sonríe, te mira a los ojos con la cabeza ladeada y te dice muy despacio: “Es-que-no-lo-has-en-ten-di-do”. He sufrido a alguno de esos personajos. La diferencia es que, al contrario que ellos, yo sí mantengo a raya mis instintos, lo cual no quita en absoluto para que no le exprese con contundencia lo irritante que resulta su falsa pedagogía.

El señor que explica cosas no es todos los señores. Quiero dejar bien claro esto antes de la clásica ofensa colectiva del #NotAllMen. Este tipo de señor siente la imperiosa necesidad de quedar por encima, de decir la última palabra, de que parezca que no sabes, aunque ignoren si sabes o si les das doscientas vueltas en cualquier cosa. En este sentido, agruparía en dos conjuntos bien diferenciados a los hombres en la actualidad: los que entienden que hay que deshacerse de muchos lastres con los que han sido educados y están dispuestos a deconstruirse y los que no lo necesitan porque se consideran realmente feministas (spoiler: son machistas a reventar, pero creen que no lo son porque compraron anteayer las consignas feministas de hace 30 años). Eso sí, es muy probable que te expliquen el feminismo, claro que sí. Si tú le dices a uno de esos hombres que no necesitas instrucciones para aparcar si no se las pides y que, de necesitarlas, se lo harás saber, se enfada. Si le dices que no hace falta que te repita lo que él cree que no has entendido (porque de hecho lo habías entendido), se enfada. Y si eres tú quien le explica algo a él en el mismo tono condescendiente… Si ocurre eso, anota los síntomas en una libreta, porque será digno de rememorar.

Existe un divertidísimo hilo en Twitter (quizá haya más) con descripciones rayanas en lo esotérico que los señores que explican cosas les asignaron a diversos objetos. Explicaciones validadas por la ciencia que han ido siendo desmontadas por las mujeres cuando se nos comenzó a ceder espacio para investigar. Esos misteriosos dodecaedros con un significado mágico que solo aparecían en regiones frías resultaron ser herramientas para tejer guantes. Los fetiches y diosas de la fertilidad de tribus ancestrales en realidad eran juguetes. Que los cuchillos se situaran en fila y en lo alto no obedecía a ningún ritual, sino a que los niños no podían agarrarlos y herirse con ellos.

Ahora, volvamos al asunto que nos ocupa: los señores que explican cosas a menudo lo hacen por encima de sus posibilidades. La navaja de Ockham vuelve, como en el ejemplo que os traigo, a darles en los morros. Te dan instrucciones para aparcar sin tú pedirlas, te desarrollan una hipótesis que no les habías pedido, te hablan como si fueras lela o tuvieras 7 años, pero son incapaces de asignarle un uso lógico a un objeto cotidiano de hace unos cuantos siglos. Los señores que explican cosas no suelen acordarse de que los niños o los quehaceres domésticos existen. A lo mejor deberíamos comenzar a explicarles cosas nosotras.

Por La Contraria Puri Ruiz