Violeta Parra

La gran cantante chilena
Violeta Parra
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En una época en la que la salud mental comienza a ocupar el espacio que merece, romantizar el suicidio es una barbaridad, así que en absoluto será jamás una opción para nosotras. Pero el final de la vida de Violeta Parra estuvo marcada por la depresión. Dicen que también por el desamor. Sea como fuere, se suicidó de un disparo poco antes de salir al escenario. Tenía 49 años y, para entonces, había sentado las bases de lo que dio en llamarse «nueva canción chilena».

Violeta se había criado en el entorno rural y la escuela le duró bien poco: su padre enfermó y no le quedó otra que entregarse a las tareas del campo. Eran los años veinte del siglo pasado. El padre falleció poco después y había que ganar dinero para sobrevivir, por lo que al campo se sumaron también otros trabajos. Uno de ellos, cantar. La artista tocaba la guitarra con 9 años y con 12, cuando quedó huérfana de padre, empezó a componer.

Poco después se desplazó a Santiago de Chile, donde vivía su hermano. Aunque intentó retomar los estudios, pronto descubrió que su vida era la música. En los años cuarenta formó un dúo con su hermana Hilda. Pero hubo dos hechos que marcaron su siguiente etapa: interesarse por las raíces del folclore chileno y entrar en contacto con algunos intelectuales de entonces, como Pablo Neruda.

Aquello provocó que Violeta se implicara, desde su música, no solo emocionalmente, sino también socialmente: sus canciones se dividían entre lo social y la pasión romántica. Comenzó a viajar por Europa, donde obtuvo un éxito que hasta entonces no había logrado allí un cantante chileno. Después regresó a su país. Sus viajes dentro y fuera del continente a partir de entonces no solo dieron a conocer su talento (que llegó a plasmarse en otras disciplinas artísticas, como la artesanía o la poesía), sino que la inspiraron y le hicieron entrar en contacto con la realidad social de su país.

Como recopiladora primero de canciones tradicionales de Chile y como cantautora después, Violeta Parra logró forjarse un nombre en los años cincuenta. Para entonces tenía dos hijos, Isabel y Ángel, nacidos de su primer casamiento, que tienen sentido en esta historia porque con el tiempo también serían cantantes, colaboradores de Parra y continuadores de la corriente artística iniciada por su madre (tuvo dos más que, desgraciadamente, fallecieron). Pero fue en la década siguiente cuando sucedió todo.

En 1960, un joven musicólogo suizo llamado Gilbert Favre viajó por Chile interesándose por el folclore chileno. Sus pasos lo llevaron hasta Violeta Parra. Una explosión de amor y locura marcó los seis años que estuvieron juntos. Eran, como cuentan quienes conocieron a Violeta, dos almas libres marcadas por su aversión a los convencionalismos. Pero también eran dos personas de temperamento fuerte, con tendencia a discutir.

Parra se instaló con Favre y sus hijos Isabel y Ángel en París después, de haber vivido brevemente en Argentina. Desplegó, a partir de 1962, un sinfín de actividades y creatividad increíbles. Actuó en numerosos eventos europeos. Cantó en algunos de ellos junto a sus hijos, ya en torno a la veintena. Se convirtió en la primera latinoamericana que tenía una exposición individual en el Louvre. Publicó cinco discos, de los cuales el último es, dicen, su obra cumbre (Las últimas composiciones).

En 1966, Favre se marchó a Bolivia y nunca volvió. Patricia Díaz, investigadora musical y creadora del libro Violeta y Gilbert: una historia de amor, locura y música, niega que aquella ruptura fuera el detonante del suicidio de la cantautora, un año más tarde, y se decanta más bien por pensar que es una especie de leyenda que ha quedado en la memoria colectiva. También explica que, si bien Gilbert estuvo presente en la vida de la artista en su etapa más fecunda, fue ella quien lo influyó a él y no al revés.

Violeta murió el 5 de febrero de 1967. Había intentado suicidarse dos veces más en los últimos meses. Un año antes, compuso Gracias a la vida, un himno que ha conocido decenas de versiones, algunas sublimes. ¿Fue un agradecimiento o una despedida? Da igual. Fue, sencillamente, una obra maestra.